Entre Boda y
Boda - Lunes, 21 de
agosto
de 2006.
El
sábado iba yo, así, tan
tranquilo, conduciendo por carreteras harto conocidas a una boda a la
que había sido invitado en Melgaço cuando,
llegando a
Salvaterra do Miño, y al salir de una curva, tuve que pisar
el
freno a fondo. Una larga hilera de coches iba a paso de caballo.
Y nunca mejor dicho pues,
cuando la
carretera permitía ver en la lejanía, se
observaba a un
nutrido grupo de jinetes que cabalgan sin mayor preocupación
que
la de invadir todo un carril.
¿Una
competición
hípica? ¿Alguna actividad cultura?
¿Una ruta
turística? Salvo los primeros coches que iban
detrás de
los caballos, con las luces de emergencia encendidas, no se
veía
a nadie que regulase o avisase de la situación.
¡Qué
leches!
¿Dónde está la autoridad,
porqué no
está regulada la circulación, porqué
no van por la
antigua carretera? Mientras, a mi espalda, se formaba una nutrida cola
de vehículos. Nadie pasaba. Había
línea continua.
–Esto del carné por puntos funciona, -
Pensé. Si
antes lo pienso, antes pasa uno haciendo alarde de acelerador y de
claxon, al llegar a donde los caballos, lo del claxon pasó a
ser
bocina de barco en la niebla.
Así, a paso equino,
recorrimos unos
cuatro kilómetros. Los caballos a unos 400 metros por
delante de
donde yo iba. Tres más pasaron a toda pastilla,
haciéndose notar y sin importarles la línea
continua o
los cambios de rasante. De pronto, apareció un segundo
carril.
-¡Ahora, toca!-Pensé. Me equivocaba. Si bien
algunos
coches pasaron al segundo carril, estos, siguieron a trote cansino.
¡Pero
bueno…que gaitas!
¿Qué os creéis, que yo no tengo
claxon? Poco a
poco, a regañadientes, los coches se van apartando y yo
puedo
avanzar. Conforme progreso me doy cuenta de dos cosas, a cual
más alarmante.
- Nadie me sigue.
- La gente de los coches que adelanto parece
especialmente
bien vestida, y van con cierto aire ensoñador, tendente a
poner
carita feliz.
Todo
se aclara
cuando estoy a punto de llegar a los caballos. Una veintena de jinetes,
todos hombres, erguidos y orgullosos, pantalón negro, camisa
blanca, escoltan a un carromato ricamente engalanado y, en
él,
una pareja joven sentada, algo cohibida, mirando para el suelo del
carro, luciendo sus mejores galas blancas.
¡Una boda gitana!
–Pienso, a la
vez que me siento algo culpable por esos modos claxoniles. Pero ya es
tarde. Teniendo en cuenta que me quedo sin carril y que la
situación no da para sacar fotos, opto por pisar el
acelerador y
volver a velocidad de crucero.
La boda a la que asisto es
más
normal, o tendría que decir tradicional para nuestros usos
hispánicos. Lo único que, para desenvolverse con
fluidez,
se precisa hablar en al menos dos lenguas a elegir entre
español, francés y portugués. Lenguas
que, por una
razones familiares o laborables, nos son comunes a todos los que
asistimos. Buscando un poco, encontraríamos traductores para
al
menos una decena más.
Ya
en la
iglesia sigo pensando en la boda gitana, en cómo
será su
enlace. Puede que también opten por un enlace
católico o
evangélico. Así que, a lo mejor,
también tienen
que aguantar cosas que, para un no católico como yo,
resultan
absurdas. Por ejemplo, y amparándose en no se que
epístola de San Pablo, en que la mujer debe supeditarse
siempre
a la voluntad de su marido. O como el sacerdote suelta, sin el menor
reparo, que el marido debe amar a su mujer como un creyente ama a su
párroco, o como este ama a su obispo, o como, a su vez, este
ama
al Santo Padre. O como Cristo amó a su Iglesia.
¿Y cuando tuvo
Cristo una Iglesia?
–Pienso yo. Claro que, como payo, también me
resulta
absurda la “prueba del pañuelo” que se
le hace a la
novia. ¡Pobrecilla! La supongo, ahí, toda azorada;
mientras todas
las invitadas observan como la “adjuntora”
certifica su
virginidad. Pero, lo que peor llevo, es pensar en que le matrimonio no
sea por libre elección y propia voluntad de los
contrayentes,
sino un matrimonio arreglado entre los padres.
Por
fortuna
nadie hace caso a lo que el sacerdote recita. Todos se afanan en
saludar a los rezagados. En comentar lo guapa (o no) que
está
tal o cual. En hacerse confidencias. En ponerse al día sobre
la
vida de los unos y de los otros. O incluso, como en los cines, en
arrullarte un poco con su pareja, si tienen la suerte de estar
atrás de todo.
La
gente
sólo presta atención cuando los novios hacen sus
votos,
pronuncian el anhelado “Sí, quiero”, o
cuando
intercambian alianzas, o el primer beso, ya marido y mujer, o mujer y
marido. Que tanto vale. La salida es del todo estruendosa. Se tiran
arroz por sacos, pétalos de flores por cestos y, flores por
manojos. Y, todo ello, inmortalizado en más videos y fotos
que
los que se hicieron en la última pasarela Gaudí.
Luego
viene la
procesión por las calles. Contrasta con la caravana gitana.
Allí todos iban en silencio. Aquí es una
obligación abusar del claxon. No creo que quede alma
viviente en
kilómetros, y kilómetros a la redonda, que no se
haya
enterado del evento.
En
el banquete
compruebo, no sin cierta resignación, que no asiste ninguna
cíngara de pelo negro azabache y ojos esmeralda. Promesa de
infinito. Tampoco hay nadie que aparente ser de etnia gitana. Pensando,
pensando, me doy cuenta de que no tengo ni he tenido en mi haber
ninguna amistad gitana.
El
poblado
gitano más cercano a mi casa está a
más de 50
kilómetros. Lógicamente, está
considerado feudo de
delincuentes, y traficantes de droga habituales, de la peor
calaña. Los únicos gitanos que de veo de vez en
cuando
son en los mercadillos, vendiendo cualquier cosa barata, o unos
chatarreros que pasan cada pocos meses a recoger la chatarra, o
cualquier trasto viejo que la gente tenga a bien darles. -Mucho
prejuicio, y mucho racismo, -pienso- tienen que
ver en esta situación.
Llega el
momento de los brindis, y a la vez que se dicen todo tipo de buenos
propósitos, las copas de champagne se alzan como
cálices para bendecir el feliz vínculo. Yo
realizo dos.
Uno en voz alta. El otro en silencio, dirigido a los novios gitanos:
-¡Qué vuestro amor sea verdadero, que siempre os
tengáis el uno al otro y que no sólo
tengáis un
futuro,
sino que además sea feliz!