| Estrellas
Fugaces Pensamientos y Reflexiones sobre lo Cotidiano |
| (c) Luis Ordóñez Gonçalves |
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Consulta
Médica - Lunes,
17 de septiembre de 2007
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El domingo por la tarde nos reunimos los colegas habituales para ver la final de baloncesto: España – Rusia. A ver si hacíamos historia. Al final acabamos jurando en arameo antiguo, y en otras lenguas menos conocidas y más exóticas. Perdimos, en los últimos segundos, por una canasta y un punto. -¡Joder es que Pepu nos tenía mal acostumbrados ganando siempre! ¡Hay que valorar que somos medalla de plata, subcampeones de Europa, y que eso no lo hace cualquiera! –Dice alguién.-La medalla de plata te la dan cuando pierdes. Los de bronce si que se la han ganado. –Apunta otro. La conversación sobre cómo debía haberse jugado y porqué se perdió dura un tiempo. Poco a poco las conversaciones derivan por otros lares. De pronto uno de mis amigos me dice: -Mañana
tengo que ir a una
revisión al hospital, ¿Te vienes? Luego te invito
a tomar algo. -¡Buff, hace la tira que no la veo! ¡Mejor así! Cuando estuve ingresado en el hospital vi a una pareja en maternidad, se les veía rato felices a los dos juntos. Por un instante me hubiera gustado que estuviese a mi lado. Pero mejor no. A fin de cuentas, a poco que me quisiera, viviría angustiada y amargada, pensando en que puedo estirar la pata en cualquier momento. Es mejor estar solo, y no pensar en determinas cosas. Ante este arrebato de sinceridad decido acompañarlo aunque, lógicamente, tendré que hacerme el remolón un rato más, así que cuando me dice:-¿Bueno, qué, te apuntas? -¡Ni de coña! –Respondo sin vacilar y con tono ofendido. -¿Y que cosas mejores tienes que hacer? -¡La tira…! Son las 03:08 de la madrugada cuando programo la alarma del reloj para que me despierte a las 07:00. -¿En qué gaitas estaba pensando? Cuando son las 06:14 me despierto. No recuerdo qué he soñado; pero iba sobre oportunidades perdidas, en tanto que alguien se reía del infortunio ajeno. Tras dar vueltas y vueltas, me levanto a las 06:53 para abrir la ventana. -¿A ver qué día hace? En realidad no hay día. Es de noche, hay niebla espesa y hace un frío del carajo. -¡Joder! ¿En que estaba pensando? Me ducho y tomo el desayuno con lentitud, haciéndome innumerables veces la misma pregunta, y buscando la respuesta que justifique levantarme de noche para ir de acompañante a un hospital. Recojo a mi amigo en la puerta de su casa, y por su cara veo, con satisfacción, que tampoco está para muchos trotes. Salvo los típicos saludos, por el camino no hablamos de nada. Nos limitamos a escuchar la radio. Uno de esos programas en que los presentadores se creen mazo guays, y que con sus tonterías pretenden levantar el ánimo de los oyentes. El tema de hoy son chistes sobre rusos. Por fortuna a veces ponen alguna canción. De pronto alguien se acuerda que la selección de voleibol ha ganado el europeo, por un casual a Rusia y en Moscú. ¡Si es que el que no se consuela es porqué no quiere! Avanzamos sin grandes problemas pero, al llegar al Milladoiro, se ve un atasco kilométrico: La llevamos clara para llegar a tiempo. Conforme avanzamos nos damos cuenta del problema: En vez de dejar que los semáforos hagan su trabajo, unos policías locales se empecinan en obstaculizar el tráfico. -¡Joder, iros a poner multas de aparcamiento! Tan pronto como dejamos atrás al último poli, el tráfico recobra su fluidez. A estas alturas es ya tarde para buscar una plaza de aparcamiento dentro del recinto hospitalario, así que dejamos el coche en una callejuela aledaña y nos vamos trotando los 200 metros hasta la puerta del hospital. Frente a la puerta principal del complejo vemos a la mujer de siempre; no importa que llueva, viente, truene o haga sol, ella sigue guiando a los coches para que aparquen en una finca de su propiedad. En su momento quito la tierra a todo lo largo, ancho y alto de cuatro metros, para que los coches pudieran aparcar allí. Cobra dos eurazos de vellón. Eso sí, se puede dejar el coche el tiempo que se quiera. Ya tiene aparcados más de una veintena. Y los que vendrán a los largo del día. -¿Pagará
impuestos? Hacemos cola pacientemente. Conforme avanzamos nos enteramos de lo que se cuece en el lugar. Surge el primer problema. La administrativa, o enfermera que atiende el mostrador, le está diciendo a una señora ya entrada en años, y a su hija, que ella, allí, ha sido dada de alta en la unidad de cardiología; así, que si ahora tiene algún problema, que se pase por su médico de cabecera, y allí juzguen pertinente, o no, enviarla de nuevo a una consulta con el cardiólogo. Su compañera de al lado le dice a un señor que tiene cita para el 2009. Pero lo bueno, viene ahora. Cuando mi amigo entrega la tarjeta y le dice la hora de la cita, con carita de “sí, ya sé que llego tarde”, la administrativa, sin inmutarse, le comunica que él allí no tiene cita para este día, ni para ningún otro. -¡Qué
leches! Pues eso no es lo
que pone este papel que me lo dieron en su momento. –Replica,
en tanto que saca
una hoja de papel y se la enseña a la sorprendida
administrativa.
-¿Quieres
hablar con él? Rumbo a la UC, mi amigo comenta que el médico le dijo que si tenía algún problema se pasase por allí. -¡Joder, tío, que eso sería si te sentías mal o algo! Mi amigo continúa andando sin hacer caso de mi comentario. Al llegar pregunta y le dicen que ya no está allí; ahora esta en la planta 2A. Ahora tendremos que desandar lo andado, subir por el ascensor, cruzar el hospital de lado a lado, subir de nuevo en ascensor, para llegar a la planta segunda, en donde están internados los pacientes de cardiología. Mientras vamos por el camino más corto, cruzando la cafetería, mi amigo comenta que el suyo es un caso rarísimo, de uno entre no se cuantos millones, y que en cualquier momento se puede desestabilizar y… como esa cantinela ya la he oído antes, me fijo que en la cafetería están a pleno rendimiento y que los camareros pueden decir, con orgullo, que se ganan el sueldo con el sudor de su frente. Llegados arriba, y como era de esperar, el buen doctor aún no ha llegado. Seguramente llegará a las 09:30, nos comentan. Toca esperar. Por el ventanal, de la sala de espera/descanso, vemos como la niebla levanta y como parece que el día avanza en claridad. Los periódicos son del día anterior y, además, son periódicos locales de la provincia de Lugo. –¡Estos del reparto...! Para pasar el tiempo damos unas vueltas. -Mira,
esa era mi habitación,
-comenta-, la 215, cama dos. Al filo de las 09:30 se persona el buen doctor, ya informado de que lo estábamos esperando. Mi amigo, poniendo su carita más inocente, comenta que ni tiene cita ni se le esperaba para ninguna, ¿tenía que ir a CCEE, o a otro lugar? El doctor, que lo ha reconocido, le dice que no se preocupe, que va a mirar qué ha pasado. Ni dos minutos después vuelve para decir que ya puede ir a CCEE, y que le atienden sin más historias. Encaminados al ascensor, una viejecita nos pregunta si sabemos dónde queda las consultas externas de cardiología. –Vamos para allí, véngase con nosotros. Nos comenta que es fácil perderse en el laberinto hospitalario. Cuando estamos llegando al siguiente ascensor, otra mujer nos pregunta como llegar a CCEE cardiología. ¡Vaya por Dios, que falta de señalización! Ya en el ascensor nos comenta que menos mal que va acompañada. Tiene miedo a ir sola en ascensor. Llegamos sin mayor novedad. Nos acercamos a la administrativa quien, en ese momento le está diciendo a una pareja de vejetes que su cita fue cambiada el 13 del corriente. Les llamaron a casa y, al salir el contestador, muy clarito allí se lo explicaron. Lo que no comprende la administrativa es que, seguramente, estas personas, dada su edad, no tienen ni idea de cómo escuchar el contestador automático. Pasa que si se te estropea el teléfono, y Timofónica te pone uno nuevo, este viene con ese “servicio” activado. Que luego le sea útil al usuario, o sepa usarlo, ya es otro cantar. Le dicen que queda para dentro de una semana. Lo peor es que el hombre va en silla de ruedas, y es él quien tiene que pasar revisión. No se les ve acompañados de nadie más. Mi amigo, aunque nada dice, pone cara de remordimiento. ¿tiene él más derecho a que lo atiendan? La administrativa, al verle, pone gesto de normalidad y le comenta que tiene que ir a la sala tres para hacerle un electro. (electrocardiograma). Cuando se lo hagan que pase a la consulta 5. No pasan ni dos minutos cuando lo llama una enfermera. Ni cinco minutos cuando sale. En un sobre lleva el electro. Lógicamente le echamos un vistazo. Lo más destacado que no hay alteraciones en el ritmo sinusual y todo parece estar dentro de la normalidad. Nos vamos a la consulta cinco. Al poco sale una doctora. Pero pasan los minutos y no vuelve. A los 20 minutos mi amigo, aprovechando que ve a la administrativa pasar, le pregunta si tenía que ir a la consulta 5, o era otra. -¿Ya
te han hecho el electro? La administrativa lo mira sorprendida. El electro debería haberlo llevado la enfermera que lo hizo a la habitación que está justo delante de nosotros, para así asignarle un médico. Al poco viene la administrativa y nos dice que en poco lo llaman para la consulta cuatro. A los pocos minutos sale un doctor, rechonchito, pasada la cincuentena, pelo cano y ralo, barba gris, con gesto airado. -¿Pero qué es esto? –Le pregunta a la administrativa, mientras ondea unos papeles delante de su cara. Por un casual mi amigo se da cuenta que esos papeles son su electro. La administrativa contesta con tranquilidad. Su voz no se percibe con el murmullo de la sala. -¡No
se puede trabajar así… con
esta improvisación! –Dice
el doctor sin
bajar el tono de voz. La administrativa prefiere llevar el tema a un
lugar
menos concurrido y conduce al médico a su propia consulta. Al poco sale la administrativa. En sus manos lleva los papeles. -¡La
llevamos clara! Cinco minutos después vuelve la administrativa. Mi amigo tiene que pasar de nuevo por la sala tres para nuevas pruebas. -¿Qué
pruebas, si allí sólo
están los aparatejos para hacer los electros? Sale en menos de cinco minutos. Las fascinantes pruebas han consistido en medirlo, pesarlo y tomarle la tensión arterial. Volvemos a la sala de espera, con cierto grado de mareo y cabreo. Al poco aparece una chica joven, morena, vestida informal pero con gusto, buen cuerpo. Lleva gafas, lógicamente la hacen parecer aún más sexy. Le acompaña lo que presumimos fuese su abuela; tras un rato hablando entre ellas, se queda inmóvil, con la mirada fija en un lugar indeterminado tres metros enfrente de ella No sabemos si es ella la paciente o lo es su abuela. Pero pasan los minutos y ella no se mueve. ¿Practicará yoga? La administrativa, pasa por delante y le dice a mi amigo que la Dra. Mazón le atenderá en breve en la consulta tres. Llegado el momento lo llaman por megafonía y allá va él todo contento. Ni diez minutos después sale, lógicamente le pregunto ¿cómo vamos? -Jodido.
–Dice con gesto grave. Tras entrega de papel, la administrativa, con carita feliz, le dice que tiene nueva revisión para dentro de seis meses. La chica guapa sigue inmóvil, con la mirada perdida. Dan ganas de chasquearle los dedos delante para ver si reacciona, y cómo lo hace. Cuando son las 11:34 abandonamos el hospital. Por el camino pasamos de comentar la “estancia” hospitalaria. Y vamos comentando las noticias. Al llegar a Padrón, nos encaminamos a su zona vieja. Pasamos por delante de una administración de loterías. En un cartelón gigante pone “Próximo bote de Euromillones: 130.000.000 de €. ¿Cómo te va a tocar si no juegas?” -Echamos
una a medias. –le
pregunto. Mientras reflexionamos sobre esto último, nos llega un agradable olorcillo del lugar al que nos dirigíamos. A tan sólo 10 metros se encuentra una pequeña pulpería. Sin más aparecemos en su terracita, pidiendo las exquisiteces de la casa. Sentados junto a una labriega de antaño que, inmovilizada en bronce, ofrece sus productos a los viandantes que pasan. El rumor de los coches llega lejano. Hablamos de todo y nada. Ya de vuelta sorteamos los obstáculos de la vía del Barbanza. Coincidimos en que en su momento fue mal planificada, mal diseñada, mal construida, y mal presupuestada. La remodelación que se está haciendo para duplicar sus vías va por el mismo camino. El que la cierren por tiempo indefinido abocará a miles de conductores a las antiguas carreteras, llenas de curvas, peligros y atascos. Cuando llegamos a la puerta de su casa, cuando se ha bajado del coche, le comento a mi amigo: -Voy
a escribir en mi web sobre
lo que ha pasado hoy. –Digo con gesto convencido. -¡Cabrón!... o acaso fuera -¡Gracias! -que no acabé de entenderlo del todo. Tenía la ventanilla subida, y la radio puesta. :-) |
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