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Por Carlos Echeverría Jesús
Publicado en War Heat Internacional, núms. 69 y nº 70, octubre y noviembre de 2008.
Para describir este reino fundado como Estado moderno el 23 de septiembre de 1932 desde una aproximación de seguridad y defensa hay que referirse inevitablemente al petróleo, del que es el primer productor mundial, y a su posición en el complejo tablero regional, pero también a otras cuestiones como son el proceso político interno y, ligado estrechamente a él y aunque pueda sorprender a muchos, la creciente amenaza del yihadismo salafista. Junto al visible papel de mediador en Oriente Medio - su éxito más reciente ha sido aproximar a los dos principales bandos en que podríamos dividir hoy al pueblo palestino: los fieles al Presidente Mahmud Abbas y a Al Fatah y los seguidores del Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas) - Arabia Saudí ve peligrar su estabilidad frente a una emergente República Islámica de Irán, persa y shií, mientras que a nivel interno las incógnitas sobre la sucesión dinástica siguen atrayendo el interés y la preocupación dentro y fuera de sus fronteras.
La política de defensa saudí en el marco del complejo tablero regional.
Frente a los más de 65 millones de habitantes de Irán, los 25 de Arabia Saudí dan a este último en escaso peso estratégico en la región, máxime si consideramos que sus 2.150.000 kilómetros cuadrados de extensión son un inmenso desierto, realidad esta que le ha llevado a ser el primer productor mundial de agua desalinizada. Ambos países son ricos en petróleo, teniendo Arabia Saudí mucho mejor organizada la explotación de sus hidrocarburos que Irán, pero este último tiene indudablemente mucho mejor engrasada su maquinaria bélica y más sólidadamente establecida su doctrina militar y definidos sus intereses regionales. Si a ello le añadimos la convulsa situación en Irak y los conflictos atávicos de Oriente Próximo podemos concluir que Arabia Saudí vive rodeada de situaciones belígeras o potencialmente belígeras que se reflejan necesariamente en la definición de su política de defensa.
Tras haber frenado notablemente en la última década sus adquisiciones de material militar, Arabia Saudí ha procedido a renovar cualitativamente sus arsenales en los dos últimos años, animada tanto por el sangriento conflicto en el vecino Irak, en cuya frontera común construye un muro dotado de los sistemas de seguridad más modernos, como por los ingentes esfuerzos de Irán en materia de defensa incluyendo la sospecha de que busque el átomo militar. Destacan de entre los diversos contratos de defensa firmados por las autoridades de Riad la compra de 72 cazas Eurofighter Typhoon, al Reino Unido a través del denominado “Proyecto Salam”, que va a añadir en algunos años a sus Tornados hoy operativos. Los primeros 24 están siendo entregados durante el presente año y los 48 restantes comenzarán a estar operativos a partir de 2011, siendo ensamblados en la propia Arabia Saudí para lo que el país árabe recibirá las infraestructuras y el ‘know-how’ necesario. Aunque dichas compras, unidas a las de helicópteros militares franceses o a la de material diverso estadounidense - sistemas Patriot, carros de combate o bombas guiadas por satélite -, van a poner al día los arsenales de Arabia Saudí, es evidente que el país deberá seguir contando con sus aliados a la hora de mostrarse disuasorio, en especial con respecto a Irán. De ahí que la diplomacia de Riad haga lo posible por reducir el papel de los instrumentos radicales en la región, tratando con ello de frenar la influencia que Teherán ejerce a través de útiles instrumentos como Hizbollah en Líbano o Hamas en la Autoridad Nacional Palestina.
Los desafíos internos a la seguridad y la estabilidad del reino.
Sumido este rico país en un acelerado proceso de reformas económicas para adaptarlo a la globalización y para que pueda seguir destacando en un mundo extremadamente competitivo sus rancias tradiciones chocan cada vez más con la realidad actual que permite a extranjeros, musulmanes y no musulmanes, invertir en sectores como la minería, los transportes, la comunicación o los seguros. Incluso la educación, un ámbito extremadamente sensible dada la orientación ultraconservadora del régimen y de la población saudíes, está hoy sometida a un prudente proceso de reformas, al que el rey Abdullah Ben Abdulaziz Al Saud ha dotado de un presupuesto de 23.600 millones de euros para optimizarlo con medidas como la invitación a asesores extranjeros y la participación de la empresa petrolífera estatal, la Saudi Aramco, el instrumento saudí más estandarizado mundialmente, en la dinamización de algunas iniciativas de investigación y formación.
Desde que Abdullah ascendiera al trono en agosto de 2005 para suceder al fallecido Fahd, el país ha vivido el inicio de algunas reformas que dado el conservadurismo extremo del régimen pasan en buena medida desapercibidas y despiertan escasas expectativas fuera del país. El monarca ha animado la celebración de las primeras elecciones municipales en el país, ha abierto el debate sobre la reforma judicial y ha incidido también sobre la espinosa cuestión de la sucesión al trono, urgente esta última pues el rey cuenta con 83 años de edad y extremadamente delicada al aplicarse a una nutridísima familia real de alrededor de 3.000 príncipes entre los que no hay una clara línea sucesoria. En adelante será un Consejo de Sabios el que, ayudado por una Comisión Médica de asesoramiento, designará al futuro rey, aunque ello sólo será efectivo a partir de que el heredero de Abdullah, el príncipe y actual Ministro de Defensa, Sultan Bin Abdullah Aziz Al Saud, de 82 años, ascienda al trono.
Las susodichas elecciones municipales, celebradas en febrero de 2005, demostraron que los que en realidad competían por los votos eran, por un lado, los ricos hombres de negocios y, por otro lado, los islamistas en un país regido por un régimen que también es claramente islamista. A título de ejemplo, en las siete comunas de Riad, la ciudad más conservadora del país, obtuvieron la representación siete candidatos islamistas, léase, más ultraortodoxos incluso que aquellos a quienes habrían de reemplazar. Ello suponía un aviso al régimen, con el rey al frente, y ha puesto en peligro la continuidad de las reformas iniciadas por el Jefe del Estado. La sociedad saudí, que ha vivido durante más de cincuenta años subvencionada gracias a los ingresos del petróleo, ha recibido en términos de formación durante todo ese tiempo los ultraconversadores mensajes animados desde la cúpula del poder, directrices que por otro lado han servido también para radicalizar a musulmanes fuera de las fronteras saudíes gracias a la labor mesiánica de sus diversos instrumentos de proselitismo, efectivos en lugares tan alejados entre sí como el Magreb, Bosnia, África Subsahariana o el Cáucaso. Hoy, el hecho de que más del 15% de la población esté en paro - siendo más del 60% de dichos parados jóvenes -, o que haya una creciente presión migratoria desde el inestable vecino yemení, desde donde los flujos de ilegales crecen a pesar de los más de 6.000 que son detenidos anualmente de media en la frontera, son realidades que hacen que el régimen ya no cumpla con ese papel tradicional de Estado-providencia y que ello incremente la oposición al mismo, en particular la islamista radical.
Siempre en términos de seguridad interna, y junto a las cuestiones ya tratadas del conservadurismo tradicional y de la sucesión real, el terrorismo yihadista salafista y el seguimiento de la minoría shií constituyen los otros dos principales puntos de interés hoy y en el futuro inmediato. La amenaza del terrorismo yihadista salafista en un país que ha expandido por el mundo ideas que en buena medida han contribuido a crear las precondiciones para que tal ideología totalitaria se extienda puede parecer una contradicción pero no lo es. Aparte del caso de Osama Bin Laden, aunque hoy apátrida un ciudadano saudí de origen yemení y miembro de una familia muy próxima al entorno real, de los primeros atentados sonados de Al Qaida producidos en suelo saudí en 1995 y 1996 o del origen saudí de 15 de los 19 suicidas del 11-S, hoy cabe destacar que el activismo yihadista salafista en el reino es intenso haciendo de la lucha antiterrorista una de las prioridades del régimen. En el primer semestre de 2008 las autoridades saudíes han detenido a más de medio millar de activistas vinculados a Al Qaida que tenían entre sus objetivos prioritarios los que lo han sido en los últimos diez años: las instalaciones petrolíferas, las fuerzas de seguridad y los ciudadanos extranjeros. Además, en una redada anterior realizada en noviembre de 2007, eran capturados 208 islamistas radicales. Los ataques contra instalaciones petrolíferas o contra su personal obedecen a órdenes directas de Al Qaida “central” emitidas por Bin Laden y por el egipcio Ayman Al Zawahiri desde 2005 y se han ejecutado en diversos lugares del mundo, como Yemen, Argelia o la propia Arabia Saudí, consiguiendo dos suicidas en esta última penetrar en febrero de 2006 con sus vehículos en el primer perímetro de seguridad de la gran refinería de Abqaiq de donde sale ya tratado para la exportación el 60% del crudo saudí. La vulnerabilidad del país ante esta auténtica amenaza es alta ya que, junto al extremado conservadurismo que aumenta la receptividad hacia tal ideología por parte de una población entre la que el 40% tiene menos de 15 años de edad y que, como veíamos antes, no siempre disfruta de las ventajas que deberían derivarse de las repletas arcas de divisas del Estado, el hecho de que esté sometido a las influencias de los peregrinos que de todo el orbe musulmán circulan continuamente por él, al regreso de combatientes de frentes islámicos como Afganistán o Irak o al trasiego de dinámicos hombres de negocios con frecuencia motivados por el islamismo más radical, dificultan la labor antiterrorista.
Los esfuerzos en reeducación que el régimen aplica desde 2004 a más de 2.000 detenidos acusados de vinculación con actividad terrorista, unidos a propuestas como la apadrinada por el propio rey Abdullah a fines de mayo de 2008 en La Meca, donde se celebró la Conferencia Internacional Islámica para el Diálogo que tuvo su continuación con la Conferencia Internacional para el Diálogo celebrada en Madrid entre el 16 y el 18 de julio, despiertan escasas ilusiones dado que el mal ya está hecho e iniciativas tibias como estas ofrecen escasa credibilidad.
También en términos de seguridad interna destaca el papel de los dos millones de shiíes saudíes, tradicionalmente reprimidos y concentrados en la Provincia Oriental del reino y considerados infieles e idólatras por no pocos predicadores suníes radicales, que ven con creciente preocupación en los últimos años los enfrentamientos intercomunitarios en Irak o Pakistán y el imparable pulso geoestratégico en clave regional y de influencias en clave político-religiosa que libran Riad y Teherán. Tampoco la victoria de los mayoritarios shiíes de Bahrein, que en las elecciones legislativas del 26 de noviembre de 2006 lograron hacerse con el 40% de los escaños, o que aún se recuerden los disturbios que en los noventa causaron la muerte de 38 opositores de dicha confesión, ayuda a mejorar la situación. En Arabia Saudí, a la represión que siguió al triunfo de la Revolución Islámica en Irán le sucedió en los noventa una política de diálogo lanzada por el rey Fahd con los líderes religiosos shiíes locales que dio paso a ciertas conquistas que ahora podrían verse sacrificadas en el marco regresivo que la minoría shií detecta en los círculos gobernantes de Riad.
Por todo lo dicho hasta ahora este país que, con sus 9,5 millones de barriles de crudo diarios es el mayor productor mundial de petróleo, y que posee las mayores reservas de petróleo declaradas (264.200 millones de barriles, más otros posibles 200.000) y las cuartas más grandes del mundo de gas con 6,9 millones de hectómetros cúbicos, es y seguirá siendo clave a escala mundial en términos geoeconómicos también es importante para la estabilidad de Oriente Próximo y de Oriente Medio en términos geoestratégicos. Por añadidura, el papel prioritario del monarca como “Custodio de las Dos Mezquitas Santas”, establecido por el rey Fahd para reemplazar al título hasta entonces utilizado de “Su Majestad”, le sitúa en una compleja posición en lo que al Islam y al convulso mundo musulmán respecta e incrementa sus vulnerabilidades presentes y futuras.