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    Cuentos de Canterbury: la sharia e Inglaterra

    03.03.08

    Permalink 14:46:28 por Lugh, Categorías: Textos y Documentos

    Por Juan F. Carmona y Choussat, Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.


    El arzobispo de Canterbury, la máxima autoridad eclesiástica del anglicanismo, declaró que le parecía inevitable la adopción de ciertos aspectos de la ley islámica por la ley inglesa. Se inscribe la afirmación en una tendencia que empieza a hacer escuela en los países más multiculturales de Europa.

    El obispo Munskens, de Holanda, consideró el año pasado que los católicos bien podían llamar Alá a Dios. Un ministro holandés habló igualmente de la sharia como algo que acabaría introduciéndose en las normas jurídicas holandesas. Por fin, el propio Rowan Williams, el obispo anglicano, calificó la escena de la Natividad como “leyenda”.

    ¿Qué está pasando? ¿Es simplemente una moda, una manera de congraciarse con ciertos segmentos de la población inmigrante, una propuesta de convivencia, o una retirada espiritual en firme?

    Arzobispo de Canterbury, siglos antes de que Enrique VIII prescindiera de nuestra querida Catalina de Aragón, fue San Anselmo. Mientras daba sus argumentos para la defensa de la existencia de Dios, San Anselmo dejó escritas páginas muy serias sobre la fe y la razón. Partía de la Escritura, como es natural para el siglo XI en el que vivía.

    Dice el insensato en su corazón, no hay Dios. De ahí, comparando al insensato con el que no lo es, alumbraba su teoría de la presencia de Dios en el mundo, quedando el insensato – restándole la corrección política de la época, si es que la había – como poco más que un bobo. Es de suponer que sus feligreses le quedarían agradecidos. Tanto al menos como la historia de la teología y de la filosofía, que, entonces, era la hermana menor de la primera, philosophia ancilla theologiae.

    Cabe preguntarse si Williams era consciente de esta historia.

    Quizá quede muy lejos el asunto, y San Anselmo, católico y papista, podría no ser el autor favorito de los anglicanos.

    C. S. Lewis, el apologeta cristiano del siglo XX, este sí, anglicano y estupendo escritor, está más a mano. En su libro “Simplemente cristianismo”, - Mere Christianity – escrito sobre la base de unas charlas radiadas a los combatientes en la batalla de Inglaterra, Lewis hace un resumen del dogma cristiano que es común a todas las ramas de la religión de la Cruz. Pasa revista a los mandamientos y a las personas divinas, a los mandatos esenciales para permanecer fiel a Cristo. En vano se buscarán los capítulos “La leyenda de la Navidad” o “El Rule of Law según Mahoma”. El origen del libro era dar ánimo espiritual a quienes quizá hubieran de encontrarse con la muerte, reforzando, no debilitando, sus convicciones.

    Pero quizá Lewis carecía de sensibilidad. Se pregunta el columnista Mark Stein si, por el tiempo en que escribía Lewis, se hubieran parado los responsables de entonces a distinguir con tanto matiz entre el nazismo y la Alemania gobernada por Hitler. ¿Sería el nazismo la negación de la Germanidad, como es el terrorismo islamista la negación del Islam? No veía él a Churchill exclamar: “Combatid pues con firmeza y sin desmayo, pues no habéis de temer ser tachados de antigermanos, porque el nazismo es la misma negación de Alemania.”

    Resulta pues que Williams tampoco parece haber leído a Lewis, lo que va siendo ya menos disculpable.

    Bernard Lewis es un historiador británico. Es, además, probablemente el mejor conocedor del Islam entre nuestros contemporáneos. Este nonagenario ha dejado escritos varios libros acerca de su relación con Occidente y la aparición de sus vertientes más radicalizadas, que han engendrado el terrorismo atroz de nuestros días.

    Cuenta Lewis – el historiador – que no hay equivalente en el Islam para el concepto cristiano de separación entre Iglesia y Estado, por lo que ley religiosa y ley secular son sustancialmente lo mismo entre los musulmanes. Dice también que el Islam de hoy nace de una impresión de resentimiento hacia Occidente al que considera culpable de su retraso. De ahí habrían nacido dos tendencias. La primera considera que este resultado es la consecuencia de haberse alejado de las enseñanzas más literales del Libro. Es esta el caldo de cultivo del Wahabismo, de la revolución islámica chiíta de Irán, y otros movimientos como el de los Hermanos Musulmanes en Egipto. Junto a ello habría convivido durante un cierto tiempo una voluntad política de recobrar poder e influencia, de interpretación más secular originada en los totalitarismos más sanguinarios occidentales: el comunismo y el nazismo. De ahí los poderes de propensión similar en Siria o Irak hasta la caída de Sadam, obrada por la operación fundamentalmente americana Libertad Iraquí.

    Trae Lewis a colación dos anécdotas de la incorrecta interpretación occidental de los hechos medioorientales de nuestro tiempo. En la primera se asombra ante la declaración del entonces primer ministro francés Raffarin de que durante las Cruzadas, los islámicos liberaron (sic) Jerusalén. Después de recordar que las Cruzadas no fueron ningún paseo

    humanitario y de que la sangre corrió abundantemente, se pregunta qué lleva realmente a un francés – cuyos compatriotas formaban mayoritariamente las tropas de entonces – a pensar que aquello fue una liberación. No encuentra muchas más explicaciones que una vaga voluntad de congraciarse après la lettre, con los islámicos de hoy. Con todo, Godofredo de Bouillon no se sentiría orgulloso, ni San Luis tampoco.

    En la otra anécdota, Lewis recuerda que cuando en Alemania se trató de dar clase de religión islámica a los inmigrantes turcos se volvió la espalda, por parte del Estado, a los textos más modernos y adaptados que los turcos enseñan en Turquía, después de Kemal Ataturk. Por el contrario prefirieron, por razones que sólo la burocracia logra explicar, los textos más comunes en este momento – los prolíficamente financia- dos por el Wahabismo -, que transmiten una idea mucho más radicalizada y combatiente.

    En cuanto a la relación de convivencia Islam-Occidente, Lewis recuerda que originalmente no estaba permitido a los islámicos vivir en tierra de cristianos. Así, después de la Reconquista española se les recomendaba huir o si se quedaban que fuera para atrapar cautivos – como Cervantes – o en la medida en que combatía al infiel, pero siempre pensando en volver para no diluir la fe islámica. La interpretación ha variado con el tiempo, pero la clave sigue siendo que el Islam forma un todo cultural en el que no se distingue entre autoridad secular y autoridad religiosa, por lo que resultaría curioso a los propios islámicos ver a la Reina de Inglaterra emitir una fatwa.

    Lo más cercano a los conceptos occidentales que encuentra Lewis en el Islam es la distinción entre gobierno justo e injusto. Según la tradición, la arbitrariedad no está permitida y, por ello, se ha de contar con una especie de consentimiento del gobernado a través de las asociaciones y comunidades en que se organiza. Habría sido la importación del comunismo y el nazismo la que habría disminuido esta concepción entre los musulmanes. De ahí podría pasarse a la noción de libertad que, desconocida de por sí, interpreta como libre simplemente al que no es esclavo. Estas son las ideas que permiten alumbrar, según Lewis, un sistema democrático propio al Islam, con sus condiciones y costumbres. El que hay que fomentar, entre nosotros en Occidente, y en aquellos países islámicos de los que esperemos una relación de amistad.

    Por fin, Lewis apunta a un ejemplo práctico para empezar a liberar las fuerzas democráticas islámicas. Remite a Kemal Ataturk para ello y a su consideración de que el Islam no podía seguir prescindiendo de la mitad de su humanidad, a saber, de las mujeres. La creatividad de éstas y su participación en la sociedad serían el mejor medio para modernizar al Islam.

    Pero Rowan Williams tampoco ha leído a este Lewis.

    Se sigue buscando al Islam moderado mientras que cada vez que llama a la puerta, se prefiere al radical. Es seguro que este buen señor no ha querido decir nada malo ni enfadar se con nadie, pero ¿por qué no cuenta con los rudimentos culturales de Occidente que están a su alcance, en su idioma?

    Contrasta esto con el conocimiento de su identidad que tienen los musulmanes a quienes no se les escapan los detalles de la historia, y de la evolución de su religión. Si nosotros, que no carecemos de esa identidad, la olvidamos deliberadamente, como si una inmensa logse hubiera aquejado a todo nuestro orbe occidental, ¿acaso no estaremos dándoles la razón de que somos ese caballo débil y temeroso, que se puede despreciar y por tanto combatir, con esperanzas de victoria?

    Dicho de otro modo, aquí no se obliga a nadie: crea usted que la Navidad es una
    leyenda, Dios es Alá, y el cordero una comida excelente, pero, a ¿qué está jugando la élite desculturizada de Occidente, a allanar el camino al islamismo radical o a impedir por completo una maduración del Islam que pueda convivir con nosotros?

    No sorprende así que Blair se haya convertido al catolicismo. A este paso lo que no logró Felipe II, lo va a conseguir el arzobispo Williams.

    Sic transit…

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