| « Riesgos y amenazas en el Sahel | Los musulmanes deben preguntarse qué pueden hacer por la humanidad, antes de pedir respeto » |
Por Florentino Portero.
Publicado en Historia, política y cultura. Homenaje a Javier Tusell. Vol. II, Págs. 111 a 135. Juan Avilés Farré (Coord.)
Introducción
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dieron paso a un intenso debate sobre el grado de amenaza que suponía el Islam radical. Durante estos últimos años hemos asistido a una sucesión de términos para designar tanto al agresor como a la situación en la que nos encontramos. “Terrorismo islámico”, “terrorismo islamista” y, finalmente, “terrorismo yihadista”. “Guerra contra el Terrorismo”, “Guerra contra el Terror” o “Larga Guerra”[1]. Dudas y cambios de criterio que reflejan la dificultad de definir un nuevo entorno estratégico que se sale de los márgenes del pensamiento clauswitziano en el que hemos crecido. Aquellos que plantean amenazas o retos desde el mundo islámico no han pasado por la revolución intelectual del s. XIV ni por la Ilustración. Desconocen a Descartes y viven ajenos a las obsesiones racionalistas de Occidente. Su forma de actuar no responde a nuestros cánones, lo que nos crea una dificultad añadida para definirla y catalogarla.
Una de las reacciones características de la opinión europea, y en particular española, ha sido restar importancia a la amenaza y denunciar su uso abusivo por parte de la Administración Bush para justificar acciones de fuerza e injerencias en asuntos internos de otros estados. En el marco de este discurso político la Cadena SER ridiculizó las acciones policiales contra un comando islamista desarticulado en Barcelona rebautizándolo como “Comando Dixan”. Detrás de esa pantomima estaba el mensaje de que la amenaza no residía en quién quería atentar contra nuestras vidas, sino en quién trataba de utilizar esa supuesta amenaza para desarrollar una determinada política. En una de las últimas intervenciones, si no la última, de Javier Tusell en la tertulia radiofónica de la Cadena SER en la que participaba desde hacía años, criticó duramente a sus contertulios por la frivolidad con la que habían tratado el citado episodio. La amenaza era real y el sentido común aconsejaba tomarla en serio y apoyar a los cuerpos y fuerzas de seguridad en su persecución de estas células terroristas. Ese no debía ser un tema de lucha partidista.
La enfermedad no le permitió ir más allá. No dudo que si la salud le hubiera acompañado, Javier Tusell hubiera encontrado tiempo para leer la bibliografía fundamental sobre el Islam radical y escribir una síntesis para españoles de este tema, que inexorablemente caracterizará nuestro tiempo. Así lo hizo con la crisis de la Unión Soviética. No es mi intención tratar de reflejar en este artículo cuál hubiera sido su pensamiento. Eso nunca lo sabremos, aunque los que le conocimos podemos tener una idea aproximada. Lo que sigue a continuación es sólo responsabilidad de quien lo escribe, en un intento de realizar una síntesis del conjunto de problemas que surgen de la inevitable relación entre el Islam y Occidente. No son problemas que se busquen, como algunos autores han dado a entender. Son sencillamente la versión reciente de una relación tan antigua como conflictiva. Tan absurdo resultaría negar la existencia de estas tensiones como caer en infundados determinismos. El futuro depende de todos nosotros y las crisis son también tiempo de oportunidades.
Una civilización en crisis
La magnitud de los atentados yihadistas de Nueva York, Washington, Madrid o Londres, por poner algunos ejemplos próximos a nosotros, ha llevado a centrar nuestra atención sobre los grupos radicales que han optado por la vía de la fuerza. Sin embargo, para comprender su naturaleza es conveniente fijarse en el origen del problema. Grupos como al-Qaeda no son más que la expresión de una realidad mucho más compleja y trascendente. En el Islam, como en cualquier gran religión, se han desarrollado a lo largo del tiempo corrientes distintas a la hora de interpretar el correcto significado del mensaje o su adaptación a épocas diferentes. Siempre hay sectores reacios al cambio como siempre hay grupos dispuestos a realizar transformaciones radicales.
Centrándonos en los primeros, su influencia será mayor o menor en función de la estabilidad social. Si una sociedad se adapta correctamente a los retos de su tiempo, si las medidas que adopta surten los efectos deseados, entonces la mayor parte de las personas tendrá una actitud moderada y se concentrará en sus actividades cotidianas. Por el contrario, cuando las medidas son inadecuadas o, peor aún, inexistentes; cuando una sociedad no es capaz de responder a esos retos y se siente apartada del proceso general de modernización, cuando al mirar a su alrededor ve como la mayor parte del mundo avanza en bienestar y conocimiento mientras ella continúa estancada en el subdesarrollo, entonces se dan las condiciones para que abandone el juicio racional y de rienda suelta a las pasiones. Este es el caso de Egipto o Marruecos, por poner un ejemplo.
Una situación distinta pero de efectos semejantes es la producida por cambios culturales y sociales ejecutados en un tiempo muy breve. Puede entonces producirse una crisis de identidad. Los valores tradicionales son parcialmente abandonados en beneficio de otros ajenos y, en mayor o menor medida, contrarios a los primeros. En esa situación es también posible que la sensación de vértigo cree las condiciones para que las siempre presentes corrientes reaccionarias ganen el corazón de la gente. Lo ocurrido en Irán durante los años del Sha puede responder a esta segunda situación.
El islamismo, o Islam reaccionario, rechaza la posibilidad de un encuentro con Occidente. De la misma forma que les ocurría a los teóricos del comunismo, están convencidos de que una relación estrecha entre ambas culturas aboca a la corrupción del Islam, pues debilita sus valores hasta forzar su decadencia. No es un problema religioso, sino cultural. Occidente es una amenaza desde que abandonó a Dios y se entregó al materialismo y al consumo. Los musulmanes se sienten atraídos por los bienes materiales y sus mujeres olvidan su tradicional recato para adoptar una actitud independiente e “inmoral”. Aceptar valores característicos de Occidente implica en su mentalidad la subordinación y el debilitamiento del Islam, lo que a fin de cuentas llevaría a su descomposición y ruina.
El contagio de la cultura occidental es un cáncer que agrava una dolencia preexistente: la creencia en una agresión consciente de Europa y Estados Unidos. Primero fue la imposición de colonias o protectorados. Luego la definición de fronteras, cuando no la segregación de territorios. Después la imposición y apoyo a gobiernos títeres, que en vez de defender los valores e intereses de la población se limitan a actuar cual vasallos de los extranjeros poderosos.
La idea de que la modernización del Islam requiere de la trasformación de sus regímenes políticos hasta llegar paulatinamente al establecimiento de auténticos sistemas democráticos supone para los islamistas una agresión, pues los principios y valores sobre los que se fundamenta –libertad individual, igualdad entre hombres y mujeres, separación entre Iglesia y Estado…- son para ellos heréticos, ajenos a su tradición y dirigidos a debilitar el Islam y garantizar el poder hegemónico occidental.
El resultado de ambos procesos, el cultural y el político, es la decadencia del Islam. La responsabilidad está claramente en Occidente y en aquellos sectores del Islam que tienen funciones de gobierno en regímenes no islamistas o en aquellas personas que defienden la modernización de sus sociedades mediante una relación intensa con Occidente o, peor aún, defienden la adopción de regímenes de corte democrático. Una interpretación tan coherente como imaginativa, que tiene la virtud de liberar de toda culpa tanto a la religión como al ciudadano medio.
Para el musulmán de la calle es inaceptable que su país no mejore, que sus hijos no puedan tener un futuro mejor, que no haya una educación pública, ni un servicio de salud… cuando a través de los canales de televisión vía satélite está viendo cómo se vive en París o en Nueva York, en Sidney o en Los Ángeles ¿Por qué ellos no? ¿En qué son diferentes? Lo más lógico sería mirar a su alrededor y reconocer lo evidente: que hace siglos que el Islam está en decadencia; que en el terreno de la alta cultura aporta poco al conocimiento general; que la ciencia dejó de ser un tema de interés; que los regímenes salidos de la descolonización se han escudado en un discurso nacionalista y/o socialista para generar un sistema de extraordinaria corrupción y, por lo tanto, incompetencia. Tienen toda la razón para rechazar esa situación, pero no es justificable ignorar la realidad. Sin embargo, la formidable expansión que en los últimos años ha tenido un reducido número de cadenas televisivas que vertebran el Mundo Árabe, y en general, el papel jugado por el conjunto de los medios de comunicación, ha logrado asentar la interpretación victimista: la culpa es de los otros, es de Occidente. La vida es más fácil sin sentimiento de culpa, pero ese alivio es engañoso. Sin asumir la realidad será imposible que estos países encuentren su vía hacia la modernización social. Éste es el ambiente en el que el islamismo puede crecer. Se alimenta del fracaso de los nacionalistas, de su discurso victimista y, sobre todo, de la sensación general de fracaso colectivo para ofrecer una interpretación y una alternativa: el origen está en el abandono del Islam verdadero, de la propia identidad, la solución está en la vuelta al Corán, desde una interpretación rigorista y antioccidental. Una receta simplista que cualquier puede entender.
Una cultura tan extendida y antigua como el Islam, presente en sociedades muy distintas, tiene que tener escuelas de pensamiento que recojan esa variedad, incluso dentro del más limitado espectro del pensamiento reaccionario. No es éste el lugar para hacer una descripción pormenorizada, pero sí para dejar constancia de su existencia. Las hay ancladas en un pasado secular, que ejercen una amplia influencia social al gozar de una posición de poder y que, además, disponen de ingentes cantidades de dinero. Es el caso de wahabismo árabe, vinculado a la casa de Saud[2]. Las hay también de más reciente creación y desde planteamientos más acordes con las circunstancias de nuestros días, que han sufrido una sistemática persecución política y que todavía hoy son consideradas por los gobiernos de los estados en los que están presentes como la principal amenaza a la estabilidad política. Es el caso de los Hermanos Musulmanes.
Más allá de la variedad de escuelas encontramos una diversidad de tácticas que confluyen en un objetivo estratégico común: la restauración del Califato, la imposición de la sharia o ley islámica y la aplicación de una política común a toda la Umma de enfrentamiento con Occidente. Como toda corriente reaccionaria es muy elemental en sus objetivos finales, aunque la suma de sus escuelas aporta una significativa riqueza intelectual. Todos ellos coinciden en que es necesario llegar a la gente de a pié para explicarles el porqué de la decadencia y la necesidad de volver a una exégesis rigorista. Un Islam entendido como lo que siempre ha sido: una interpretación general de la vida, tanto individual como en sociedad, que recoja tanto los aspectos exclusivos del ámbito religioso, como los fundamentos de la organización del Estado y del buen gobierno. Para ello actúan en distintos planos. Cuidan la enseñanza primaria aprovechando la inexistencia de un sistema escolar público y universal. En sus madrasas los niños reciben una formación religiosa intensa y sectaria. La revolución tecnológica les ha permitido disponer de canales de televisión que pueden ser seguidos a través de las millones de antenas parabólicas que ordenan culturalmente el Islam contemporáneo. Ante cualquier hecho que ocurra en la más remota parte del planeta, el islamismo tiene ahora la oportunidad de aportar una interpretación en clave ideológica en un tiempo brevísimo. Estas cadenas son además formidables plataformas para que pensadores islamistas de muy distintas naciones se dirijan al conjunto de la Umma, reforzando la idea de que existe una unidad de destino inevitablemente enfrentado a los intereses de Occidente. Una segunda coincidencia es la legitimidad del uso de la fuerza. Ante la ilegitimidad de la gran mayoría de los gobiernos de estados de mayoría musulmana, de hecho dictaduras que no tienen escrúpulos en alterar los procesos electorales para perpetuarse en el poder, y dada su dogmática creencia en que dichos gobiernos se sostienen en el poder por la voluntad de las potencias occidentales, no se les plantea duda alguna sobre lo apropiado del uso de la fuerza en su contra, un uso legítimo y acorde con la correcta interpretación del Corán para imponer en su lugar gobiernos justos. El problema está en establecer cuándo es el momento apropiado.
Durante las últimas décadas del pasado siglo asistimos a una tensión entre dos opciones: ganarse las mentes para aislar a los gobiernos y que éstos acabaran cayendo cual fruta madura o, por el contrario, forzar por medios violentos el fin de esos gobiernos y, desde el poder, trasformar la sociedad. Entre ambos extremos caben posiciones intermedias.
Los Hermanos Musulmanes
La primera de las opciones tiene entre otros protagonistas a los Hermanos Musulmanes[3], uno de los movimientos culturales y políticos más interesantes, inteligentes y fructíferos del Islam radical contemporáneo, llamado a tener un papel relevante en los próximos años. Trabajan en el largo plazo y tratan de incardinarse en la sociedad y ganar su respeto mediante la asistencia sanitaria y la oferta educativa para los más jóvenes. Con continuidad y claridad en sus metas van difundiendo una renovada interpretación del Islam en clave radical[4]. Sus miembros son respetados tanto por lo que hacen en beneficio de la comunidad como por su moralidad. El contraste entre la corrupción de las fuerzas gubernamentales y la mayor pulcritud en el uso de fondos ajenos de los miembros de la Hermandad ha jugado siempre en su beneficio, hasta el punto de ganarse el apoyo no ya de musulmanes moderados sino incluso de católicos. Los Hermanos no hacen de la conquista del poder, por medios pacíficos o violentos, su objetivo inmediato. Para ellos lo primero es ganarse la voluntad de la gente mediante la creación de una nueva cultura político-religiosa. Lo demás caerá por su propio peso. Su fuerza es enorme en países como Egipto, Jordania o en Palestina. En Siria sufrieron una criminal persecución que acabó con la vida de miles de ellos. A pesar de la dura represión que sufren en todos estos lugares, su estrategia continúa funcionando y el tiempo juega a su favor. Mientras al-Fatah, el régimen naserista y, en menor medida, la monarquía jordana no dejan de perder crédito entre la población, por la falta de desarrollo y la corrupción gubernamental, las versiones locales de la Hermandad continúan ganando terreno.
El terrorismo yihadista
La segunda de las opciones ha vivido una interesante trasformación desde la recuperación de la independencia hasta nuestros días. El éxito de la corriente nacionalista en los años cincuenta y sesenta, asumiendo el control político y aportando un programa de desarrollo social y económico, llevó a que el mito nacional arraigara allí donde no siempre había sido una realidad. Para los islamistas el concepto de estado-nación es una expresión histórica de Occidente trasplantada al Islam a través del colonialismo y la influencia occidental. En sí es visto como otro elemento extraño y dañino, contrario a la correcta interpretación del Corán y a la tradición. Como señalé anteriormente, no distinguen entre el ámbito religioso y el político y sólo conciben un orden político desde la legitimidad y el rigor religioso. No hay, en su perspectiva, otra forma que el Califato, donde se confunden el poder religioso y el político en la persona del Califa, que ejerce su plena influencia sobre el conjunto de la Umma. Aún así comprendieron que era imposible tratar de animar una campaña violenta contra los gobiernos no islamistas de forma conjunta. El realismo imponía ir caso a caso, país a país. Los yihadistas, aquellos que defendían la violencia como un modo de depuración interior capaz de desestabilizar regímenes “corruptos” y dar paso a emiratos islamistas, carecieron en todo momento de capacidad para llevar a cabo sus objetivos. Los nuevos estados tenían los medios suficientes para poder someterlos. Los servicios de inteligencia y la policía pudieron desarticular sus organizaciones. Cometieron atentados importantes, como el que costó la vida a Anuar Sadat, Presidente de Egipto, pero al final los que sobrevivieron acabaron pasando buena parte de sus vidas en las cárceles. A la altura de 1990 el yihadismo había fracasado, como concluyó Gilles Keppel su célebre estudio sobre el islamismo[5].
Pero las circunstancias cambiaron y el movimiento que parecía agotado revivió. La campaña guerrillera contra la invasión rusa de Afganistán polarizó a grupos distintos que compartían su opción por el uso de la violencia para detener la intromisión de otras culturas sobre el Islam, así como una interpretación rigorista[6]. De aquellos encuentros surgiría al-Qaeda[7], una versión renovada de la estrategia yihadista. Fundada por un jordano que procedía de los Hermanos Musulmanes, Azzam, acabaría siendo liderada tras su muerte por un rico saudí de origen yemení y formación wahabita, Osama ben Laden, con el valioso apoyo intelectual de un cirujano egipcio, de distinguida familia académica y antigua militancia en la Yihad Islámica egipcia, al Zawahiri. Esta confluencia de escuelas en un contexto tan singular como la campaña militar afgana acabaría dando forma a una nueva estrategia. Juntos habían derrotado a Rusia. Juntos podían derrotar a Occidente. La Yihad era posible si era global y si apuntaba primero contra el enemigo exterior. Un enfrentamiento contra Estados Unidos elevaría el prestigio de al Qaeda y movilizaría a las masas en su favor, llevándose por delante a los regímenes corruptos abiertos a la colaboración con Occidente. Atentados contra embajadas norteamericanas en África y un ataque contra un buque militar norteamericano en el Golfo Pérsico precedieron al gran atentado de 11 de septiembre, al que seguirían los atentados de Madrid y Londres y otros muchos intentos fallidos. Al Qaeda acaparó una enorme atención mediática y académica, forzó la revisión de las estrategias de naciones y de organismos internacionales –como la OTAN y la Unión Europea- y provocó una nueva guerra en Afganistán.
Desde entonces hasta hoy no ha cesado en su intento de lograr sus objetivos, acaparando éxitos de imagen y sucesivos fracasos operativos[8]. Con la invasión de Afganistán al Qaeda perdió su centro de mando y control así como la capacidad para que sus principales dirigentes mantuvieran una relación fluida con mandos secundarios y regionales. El efecto fue algo más que una merma de capacidad operativa: forzó un cambio en su propia naturaleza. Siguiendo el modelo diseñado por uno de sus dirigentes, el hispano-sirio Setmarian, al-Qaeda pasó a convertirse en una vaga red de organizaciones dirigidas con plena autonomía por jefes locales pero compartiendo ideología y estrategia. Muchos de esos jefes ni siquiera habían tenido nada que ver previamente con ben Laden y sus colaboradores. La descentralización forzada llevó a que los nuevos mandos regionales reagruparan organizaciones preexistentes formando virreinatos regionales, como los correspondientes al Magreb o a Mesopotamia. En éste último caso un jordano, al-Zarqawi, fundó una organización que con posterioridad fue reconocida por ben Laden como parte de al-Qaeda, asumiendo el peso de la lucha violenta contra el régimen democrático iraquí y contra las fuerzas militares extranjeras.
Dentro de este proceso de descentralización resultan especialmente significativos los casos de células de generación espontánea. Grupos de jóvenes radicalizados, o en proceso de radicalización, entran en contacto con páginas yihadistas en Internet y acaban estableciendo una célula, fabricando armamento casero y tratando de inmolarse en el acto de cometer un atentado terrorista. El fenómeno que se ha dado tanto en Canadá como en Europa y que nos muestra la importancia que el yihadismo concede a Internet como medio de comunicación y método de organización y ejecución. El grado de control del día a día de la organización por parte de ben Laden y de sus más próximos seguidores se ha reducido drásticamente. En realidad ni siquiera es ya propiamente una organización. A menudo leemos en publicaciones de distinto tipo el término “franquicia” para hacer referencia a su nueva naturaleza. Sin embargo, la experiencia reciente apunta a que ni siquiera se llega a ese nivel de cohesión. Las empresas que optan por este modelo de crecimiento retienen una parte importante de las claves del negocio, entre las que se encuentra el reconocimiento de la marca. No está claro que al-Qaeda sea capaz de ir más allá de esto último.
Como resultado de estos cambios al-Qaeda ha conseguido mantenerse en los medios de comunicación y en el debate político como un actor de referencia. Sin embargo, si analizamos uno a uno sus actos y los resultados conseguidos la balanza se inclina en su contra. Los ataques contra barcos, embajadas o edificios norteamericanos sólo lograron movilizar a la sociedad y a la clase política en su contra, que Estados Unidos interviniera militar en Afganistán y que quebrara el sistema de mando y control de la organización. En Iraq han puesto en serio peligro la instauración de un régimen político representativo, para a la postre lograr que los propios árabes sunitas, sus aliados, se levantaran en su contra y trataran, con gran éxito, de aniquilarlos. La “insurgencia” sunita ha pasado de combatir a las fuerzas norteamericanas a unirse a ellas. Cuando se escriben estas líneas casi 100.000 hombres forman la milicia sunita que combate a al-Qaeda de forma coordinada y con apoyo económico norteamericano[9]. Como en su día pronosticó al Zawairi en célebre carta al hoy difunto al Zarqawi[10], acciones terroristas indiscriminadas podían acabar alejando a la calle árabe del yihadismo. Hoy la reacción iraquí contra la injerencia de al-Qaeda en los asuntos internos de los iraquíes se ha convertido, paradójicamente, en la clave del proceso político de pacificación y estabilización. Sus atentados en Jordania, un país donde la influencia del islamismo es fuerte, llevaron a que la población se manifestara en su contra por las calles. En Argelia, el país magrebí donde su arraigo ha sido importante, sus atentados han causado miles de muertos pero sin con ello lograr que el Ejército se debilitara. En el resto de la región sus atentados han sido seguidos por exitosas acciones policiales. Más aún, la nueva amenaza ha llevado a una colaboración entre los servicios de inteligencia sin precedentes, permitiendo a la CIA cumplir un papel vertebrador que hace unos años no habría soñado. Los ejemplos son muchos y siempre apuntan en la misma dirección: la publicidad no implica operatividad, al-Qaeda no está logrando derribar gobiernos, como tampoco lo consiguieron las organizaciones yihadistas que le precedieron.
Se ha escrito mucho sobre el efecto que las acciones de al-Qaeda han tenido en la sociedad musulmana y, muy especialmente, en la árabe. Es innegable que ben Laden se ha convertido en un personaje popular y admirado por muchos. No deja de ser una válvula de escape de la frustración contenida: por fin un árabe es capaz de humillar a Occidente. Se ha apuntado a que la guerra de Iraq ha movilizado a muchos jóvenes a favor de al Qaeda, aumentándose así el monto global de islamistas. Tal afirmación no ha podido ser demostrada. Sin embargo, lo que sí se puede confirmar es el efecto que sus acciones han tenido entre el yihadismo preexistente. Aquellos que habían militado en organizaciones radicales de ámbito nacional y que se encontraban derrotados y convencidos del error de su estrategia despertaron de su postración para abrazar con entusiasmo la nueva estrategia global. Creyeron encontrar el porqué de su fracaso y la alternativa a seguir. La clave estaba en el enfoque global y en centrar el ataque en contra de Occidente. Jóvenes de su entorno, que podían haber permanecido inactivos pero radicalizados se pusieron en dirección a Iraq. Fenómeno que también hemos podido constatar en Europa. Pero su renovada fe no logró movilizar a la calle árabe, o de otras regiones donde el Islam está presente, en su favor, conditio sine qua non para lograr sus fines. En este sentido el ejemplo más reciente han sido las elecciones parlamentarias y presidenciales en Pakistán, hito del nuevo intento de transitar de una dictadura militar a una democracia en este país. El presidente Musharraf, autor tanto del golpe de estado contra su predecesor Sharif como del más reciente contra la cúpula del Tribunal Supremo, ha sido un importante aliado de Estados Unido y Europa en la guerra contra el islamismo yihadista. Cabía esperar que el rechazo a su persona y a su política engrosara la bolsa de votantes en favor de partidos de corte islamista. Sin embargo, no ha sido así. La moderación ha prevalecido.
Irán o el estado yihadista
Las tácticas culturales y violentas confluyen en la estrategia iraní. Los ayatolás lograron expulsar al Sha ganando la batalla de la cultura política. Desde el poder, con los medios propios de un estado, han venido desarrollando una ambiciosa estrategia que responde a la voluntad de reivindicar el papel del chiísmo dentro del movimiento islamista y que abarca ámbitos muy distintos.
- Han creado organizaciones en otros países, como es el caso de Hizbollah en Líbano, o han apoyado organizaciones ya existentes, como Hamás o las formaciones chiítas en Iraq, con el fin de avanzar en la agenda islamista al tiempo que reforzar la posición del chiísmo dentro del Islam.
- Pueden trabajar tanto con organizaciones chiítas como sunitas frente a un enemigo común. Integran en su actividad tanto elementos culturales como el ejercicio del terrorismo.
- A diferencia de al-Qaeda, creen en el espacio estatal como marco natural de acción y hacen de la conquista del poder su primer objetivo.
- No se conforman con dotar a sus aliados o satélites con capacidades terroristas. Van más allá, ayudándoles a trasformar pequeñas milicias en auténticos ejércitos.
- Se han dotado de un importante arsenal de misiles con capacidad de golpear a Arabia Saudí, Israel o Europa Oriental.
- Están desarrollando un programa nuclear para uso militar.
Con Irán el islamismo deja de ser sólo un movimiento cultural o una ONG violenta para tomar forma de estado. Las estrategias asimétricas convergen con otras más convencionales. Nos encontramos, por lo tanto, ante un conflicto entre estados. Irán es una amenaza porque ha reconocido su voluntad de hacer desaparecer del mapa a Israel, porque ha violado tratados internacionales, porque está desarrollando un programa nuclear para uso militar, porque continúa interviniendo a favor de la inestabilidad de Iraq o del Líbano y porque apoya activamente a organizaciones terroristas.
Del reconocimiento del problema a la adopción de estrategias comunes
Los servicios de inteligencia occidentales así como los centros académicos de referencia venían desde hacía años advirtiendo de la gravedad del problema que para la seguridad común tenían tanto el movimiento islamista en general como su variante yihadista. Los grandes atentados terroristas cometidos en estos últimos años hicieron que la clase política y la población en su conjunto asumieran la realidad del problema, pero eso no llevó a una valoración compartida. Las tensiones entre Estados Unidos y parte de los gobiernos europeos a propósito de la Guerra de Iraq generaron una fuerte desconfianza. La nueva estrategia norteamericana sobre la “Guerra contra el Terror” creó en muchos europeos la sensación de que el combate contra el yihadismo podía llevar, de aceptarse el liderazgo norteamericano, a una guerra generalizada contra distintos estados musulmanes. Un escenario inadmisible. Para muchos al Qaeda representaba sólo un problema policial. Había que mejorar la coordinación internacional de servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad, pero nada más. No debía confundirse una guerra con un conflicto, una cuestión militar con otra de naturaleza policial[11]. En este contexto se redactó el primer concepto estratégico de la Unión Europea, un histórico paso adelante que ponía en evidencia, una vez más, la inconsistencia de la Unión como actor internacional. El texto no abordaba en profundidad ninguno de los temas troncales y, sobre todo, contrastaba con los documentos de estrategia de Francia y el Reino Unido, las dos únicas naciones europeas con una política exterior relevante. Era otro ejercicio de “mínimo común denominador” abocado a no ir más allá del archivo.
Con el paso del tiempo, a la vista de los problemas que Estados Unidos estaba encontrando en Iraq y de su moderada posición en la crisis nuclear iraní, las relaciones comenzaron a mejorar al mismo tiempo que los europeos, tras desagradables experiencias vividas en su propio suelo, reevaluaban el problema islamista. Ya no sólo fijaban su atención en la dimensión yihadista, sino en el conjunto de los problemas que el movimiento radical planteaba, tanto en la escena internacional como en el territorio continental.
Europeos y norteamericanos compartían la idea de que las penosas condiciones socio-económicas en que desarrollan su vida millones de personas en el Islam, y especialmente en el Mundo Árabe, estaba en la raíz del problema. Que la falta de esperanza y la sensación de fracaso colectivo era el caldo de cultivo en que el islamismo podía desarrollarse. Ante ello era necesario salvar los obstáculos que impedían la modernización de estos estados. Desde el Consejo de Seguridad Nacional se establecieron los fundamentos de una nueva estrategia, denominada “Trasformación del Gran Oriente Medio”[12]. Su objetivo era vincular la colaboración al desarrollo con pasos concretos hacia la modernización: combate a la corrupción, establecimiento de un sistema educativo universal, desarrollo de un sistema de salud, formación de áreas de libre comercio para fomentar la economía regional, respeto a la mujer y democratización paulatina de las instituciones. Pasos concretos para volver a encauzar las políticas regionales en una dirección correcta que dependería de la voluntad de cada gobierno. No se obligaría a nadie, pero la colaboración y las relaciones no serían iguales con estados comprometidos con la democratización y la economía de mercado que con los restantes. Europa, por su parte, reconocía el fracaso del Proceso de Barcelona, su estrategia de relación con el Mundo Árabe. Mientras tanto, endurecía las condiciones de ayuda en el marco de la Política de Vecindad, pero con muchas dudas. El complejo colonial, bien avivado por los demandantes de dinero, así como la denuncia de injerencia en asuntos internos generaba inseguridades entre los estados miembros, siempre inclinados a tratar de comprar seguridad con dinero. Eran conscientes de que la tentación no llevaba a ninguna parte, que el fomento de la corrupción sólo generaba más incompetencia y más radicalización, pero los propios intereses de algunos estados europeos y la falta de coherencia impedía su plena aplicación.
En el plano político, europeos y norteamericanos han intentado aunar posiciones en el trato a formaciones políticas o grupos radicales. En especial aquellos que hacen uso del terrorismo. Un caso ejemplar ha sido el aislamiento de Hamas, la versión palestina de los Hermanos Musulmanes, tras la crisis de gobierno. Sin embargo, estas posiciones de principio dan vértigo a aquellos gobiernos asentados en el relativismo moral, siempre dispuestos a reconocer a cualquier actor y tratar de ganar su indulgencia mediante cesiones de todo tipo. En estas fechas la Unión Europea discute el sentido de mantener esa política, a la vista del estancamiento de la situación y de sus inseguridades.
En el terreno de la seguridad la alarma ante el programa nuclear iraní ha sido semejante a ambos lados del Atlántico. En este caso el islamismo actuaba desde un gobierno y disponiendo de recursos importantes derivados de la venta de petróleo y gas. El discurso oficial iraní era tan inadmisible como alarmante. Los europeos han hecho un esfuerzo diplomático por convencer al gobierno de Teherán para que abandonara sus planes, pero rechazando al mismo tiempo el uso de la fuerza en caso de fracaso. Por el contrario, la diplomacia norteamericana ha apoyado dichos esfuerzos, pero sin renunciar a ninguna acción con tal de impedir que el régimen de los ayatolás accediera al arma atómica. Los europeos han reconocido el problema pero, una vez más, no han sido capaces de desarrollar una estrategia coherente asumida por todos. Es difícil imaginar que el gobierno de Teherán abandone el arma atómica sin un coste importante. En ese sentido renunciar a la amenaza del uso de la fuerza no parece ser una buena idea. En cualquier caso, los gobiernos no tenían margen de maniobra pues la opinión europea no estaba dispuesta a asumirlo. Para salir de esta contradicción los gobiernos han dado un giro en su política de defensa antimisiles. Después de años ridiculizando la Defensa contra Sistemas Balísticos norteamericana, la célebre “Guerra de las Galaxias”, han optado por acogerse a su sombra, generando a partir de ella una red de pequeñas redes locales dotadas de misiles de corto o medio recorrido. Se renuncia a la disuasión para concentrarse en la defensa. El mensaje es recibido por muchos en Oriente Medio como una prueba más de que Occidente es un “tigre de papel”.
El Islam y el debate europeo
Pero el Islam no sólo está al otro lado de la frontera común europea, también está dentro, entre nosotros. Desde los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, organizados desde Europa, hemos padecido nuevos atentados en territorio propio y, sobre todos, se han localizado y desbaratado un buen número de células que se encontraban en distinto grado de desarrollo. Lo que en un principio parecía una red de activistas radicales mayor de lo que nunca se había pensado, un caso ejemplar de incompetencia policial, poco a poco fue adoptando una mayor dimensión social. El problema iba más allá del riesgo de que se cometieran nuevos atentados terroristas en nudos de comunicación claves. El problema fundamental era que una parte muy significativa de la población musulmana europea comprendía, disculpaba o apoyaba esos actos terroristas. Los resultados de los sondeos realizados, unos publicados otros mantenidos en secreto por los gobiernos, sacaban a la luz del día el fracaso del proceso de integración en Europa de buena parte de la emigración musulmana. Un fenómeno que no se daba tanto en la primera generación, más preocupada por sacar adelante a los suyos, como en las siguientes. Eran personas nacidas en Europa, formadas en el Viejo Continente y que tenían a su servicio el conjunto de prestaciones del “estado de bienestar”. Las revueltas en las banlieues, las concentraciones de población obrera en los suburbios de las grandes ciudades francesas, ejemplarizaba esta falta de integración. La tercera generación rechazaba los valores republicanos, sobrevivía aprovechando las ventajas del estado de bienestar y estaba desarrollando una cultura propia, un estado dentro del estado, en las áreas de alta concentración de población desempleada. La revelación de esa realidad produjo un enorme impacto y abrió un conjunto de debates que siguen presentes en la actualidad. No es posible aislar este debate del cambio de posición dentro de la Unión Europea ante la solicitud turca de ingreso. De una posición deferente se ha pasado en un tiempo relativamente breve a que países del peso de Francia y Alemania lideren el grupo de naciones contrarias a aceptar su ingreso. La posibilidad de que casi ochenta millones de musulmanes, con un nivel de renta mucho más bajo que la media europea, ingresaran en la Unión con derecho a establecer su domicilio en cualquier estado acabó despertando todas las alarmas.
¿Es el Islam compatible con la democracia? La primera reacción fue buscar en el hecho diferencial la razón del fracaso. Una aproximación a sus fundamentos doctrinales parecía confirmar los peores temores. El Islam niega la distinción entre el ámbito religioso y el público. No es propiamente una religión sino mucho más: un sistema total de organización social. Frente al individualismo característico de Occidente se opta por una aproximación colectiva: el individuo sólo tiene sentido dentro del conjunto. Es éste, la Umma, el protagonista por excelencia. La subordinación del individuo al colectivo implica la renuncia a la libertad de pensamiento, la subordinación de la mujer al hombre y la condena a muerte del apóstata ¿Dónde quedan los derechos humanos? ¿Dónde el ámbito de libertad individual? La lectura directa del Corán y las interpretaciones tradicionales apuntan a una clara incompatibilidad. Sin embargo, siendo esto cierto, también lo es que otras religiones o “civilizaciones” han manifestado en determinados momentos una clara incompatibilidad con la democracia liberal. El judaísmo no distingue entre religión y el estado y el catolicismo no recordó que había que dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22:21) hasta que no perdió toda opción de controlar el poder político y concentró su atención en defender los derechos de las minorías. Las religiones no son entidades estáticas. Como fenómenos sociales sus fundamentos son reinterpretados por cada generación para acomodar sus postulados a una realidad inevitablemente dinámica. La vida es cambio y las religiones no han cesado de evolucionar. Católicos y judíos, con mayores o menores dificultades, han encontrado la forma de convivir con la democracia. Más aún, en muchos casos han descubierto que este régimen es el más acorde con sus valores. No hay razón para pensar que el Islam no pueda seguir el mismo proceso, aunque tendrá que hacerlo en contra de las posiciones y voluntad de los islamistas. No será fácil, pero no es imposible[13].
La evolución del mundo islámico es algo que compete a los propios musulmanes, aunque no de forma exclusiva. Occidente tiene relaciones de todo tipo con estados de mayoría musulmana y debe fijar los criterios que rijan ese vínculo. Hasta la fecha los europeos han actuado teniendo muy presente la crítica a su pasado colonial. Este complejo de culpa ha agarrotado a muchas cancillerías a la hora de denunciar situaciones intolerables. La desigualdad económica entre ambos mundos ha llevado a crear líneas de ayuda económica que a menudo han sido empleadas de la peor manera, enriqueciendo a las elites gobernantes y reforzando la división entre una minoría de privilegiados y las masas empobrecidas. La patrimonialización del poder es un cáncer que impide el desarrollo de las fuerzas productivas. A este complejo de culpa se ha venido sumando en las últimas décadas un nuevo fenómeno, muy característico de la Europa de nuestros días: el relativismo. Si Europa se desarrolló desde el convencimiento de que la razón podía llevarnos a la comprensión de la realidad, si fue en el Viejo Continente donde la ciencia pudo desarrollarse plenamente, aquí ha sido también donde ha arraigado recientemente su negación. El “pensamiento postmoderno”, el “pensamiento débil” pone en duda la capacidad del hombre para comprender la realidad. Esta crítica a la razón no va acompañada, como en el caso del empirismo dieciochesco, por la reivindicación de la experiencia, sino del sentimiento. Esta merma del imperio de la razón lleva inevitablemente a poner en duda muchos de los fundamentos sobre los que hemos sustentado el estado de derecho y el régimen democrático. No podemos tener seguridad sobre lo que es justo o injusto, correcto e incorrecto. Desde luego es imposible distinguir el bien del mal. En estas condiciones, la política se limita a un diálogo entre posiciones moralmente equiparables.
En el plano de la política internacional el relativismo lleva a potenciar el complejo de culpa derivado del análisis crítico de la experiencia colonial. Sólo se ve lo negativo. Puesto que ya no se cree en lo propio, se relegan los valores tradicionales y se reniega de muchos de los frutos de la Ilustración, la historia de la presencia europea fuera del Viejo Continente es asumida con resignación, cuando no con vergüenza. Encontramos un ejemplo paradigmático de esta postura relativista en la iniciativa española de la “Alianza de las Civilizaciones”, desarrollada en el marco de Naciones Unidas y copatrocinada con Turquía. Su documento fundacional[14], que no podemos resumir en estas páginas, asume que la responsabilidad de los problemas de desarrollo del mundo musulmán recae sobre las naciones occidentales, desde los días del colonialismo hasta la actualidad.
El relativismo afecta a la interpretación del multiculturalismo. Si la tradición liberal europea lleva a permitir que cada cual, sea cual sea su origen, mantenga su cultura y valores siempre y cuando respete los principios constitucionales y la ley, la pérdida de las convicciones propias ha convertido la lógica exigencia de respeto a los valores y normas comunes en un hecho problemático. Si no se cree en lo propio ¿cómo se puede exigir a otro que lo asuma? Si partimos de una mala conciencia respecto a otras culturas por nuestro pasado, remoto o próximo, si asumimos que la culpa de su situación recae en nosotros, por acción u omisión, ¿cómo podemos mantener una política de firmeza? En esta situación nos encontramos ante dos modelos diferentes. Estados Unidos es una nación donde el multiculturalismo tiene una presencia y aceptación mayor que en el Viejo Continente. Como país de emigrantes que es, se tiende a pensar que cada nueva oleada aporta nuevas ideas y valores. Para ellos la emigración no es un problema sino una solución. Los estudios realizados sobre la población musulmana en aquel país reflejan un nivel de integración superior a la media. La firmeza con la que esa sociedad defiende sus valores no ha dejado lugar a dudas a los recién llegados sobre cuáles eran las reglas del juego. Por el contrario, en Europa la falta de convicciones lleva a un exceso de tolerancia que facilita la labor de los islamistas y dificulta la integración de los sectores más moderados.
Es llamativo el contraste en el tratamiento que algunos gobiernos europeos dan a las distintas iglesias o religiones. En España el gobierno de Rodríguez Zapatero y los grupos mediáticos afines han criticado duramente el papel de la Iglesia Católica, presentándola como un elemento reaccionario. Sin embargo, el párrafo 2.8 del documento citado de la Alianza de Civilizaciones dice lo siguiente:
“Religion is an increasingly important dimension of many societies and a significant source of values for individuals. It can play a critical role in promoting an appreciation of other cultures, religions, and ways of life to help build harmony among them”.
Es difícil imaginar que el Islam sea más moderno y ecuménico que la Iglesia Católica. En realidad nos encontramos ante un caso de “doble rasero”. La Iglesia Católica, en cuanto que occidental, debe atenerse al pensamiento “políticamente correcto” que lleva a la negación de verdades absolutas. El Islam, en cuanto que extraño a nosotros, no merece ser objeto de crítica, porque ¿quiénes somos los europeos para juzgar a otra civilización o cultura? Si ya no hay valores absolutos, si la Declaración Universal de los Derechos del Hombre debe ser interpretada a la luz de cada cultura, ¿cómo podemos exigir a otros pueblos que se comporten de una determinada manera? Un ejemplo de esta actitud es la respuesta de dos dirigentes de estados miembros de la OTAN a la crisis de las caricaturas de Mahoma[15]. Tras reivindicar el derecho a la libertad de prensa, los dos máximos representantes de la Alianza de las Civilizaciones entraban en el núcleo del problema,
“The publication of these caricatures may be perfectly legal, but it is not indifferent and thus ought to be rejected from a moral and political standpoint.
In the end, all of this lends itself to misunderstandings and misrepresentations of cultural differences that are perfectly in harmony with our commonly shared values. Ignoring this fact usually paves the way for mistrust, alienation and anger, all of which may result in undesirable consequences that we all have to work hard to avoid”.
La responsabilidad de las empresas periodísticas occidentales debía llevar a una autocensura para evitar malentendidos de efectos peligrosos con el Islam. La argumentación es un ejercicio de sentido común y de civismo, si no fuera por todo lo que conscientemente ignora. ¿Por qué los periodistas y los políticos deben ser exquisitos con el Islam pero no tienen porqué serlo con el Judaísmo o con las diferentes iglesias cristianas? Es evidente que para un judío o un cristiano las continuas burlas a sus respectivos credos, que se encuentran en diferentes medios de comunicación europeos, ofenden y molestan tanto como a un musulmán pudieron incomodar las viñetas publicadas en Agosto del 2005 en el suplemento semanal del periódico danés Jyllands-Posten. ¿Por qué los medios occidentales deben ser cuidadosos para no ofender a la población musulmana y no se exige lo mismo a los medios musulmanes en relación con los credos judío o cristianos? La prensa árabe, especialmente, recoge innumerables ejemplos de este tipo de comportamientos, que son aún más graves porque se desarrollan en situaciones de inexistencia de plena libertad de prensa, bajo regímenes dictatoriales donde los gobiernos ejercen un claro control sobre las empresas periodísticas. Más aún, ¿cómo podemos plantear el problema del mutuo respecto cuando hay estados musulmanes en los que está prohibida la práctica de otros credos, donde su ejercicio está penado con la muerte, del mismo modo que la conversión? ¿Cómo planteamos estos temas dejando de lado la forzosa emigración de judíos y cristianos desde estos países por la desigualdad a la que son sometidos y por el peligro en que se encuentran sus vidas? La argumentación del citado artículo trata de obviar problemas evidentes para evitar tensiones de difícil control. Es un ejercicio de “apaciguamiento” que produce los efectos contrarios a los buscados.
Las manifestaciones provocadas por la publicación de las viñetas de Mahoma resultaron enormemente ilustrativas. En un primer momento los musulmanes afincados en Europa no reaccionaron. Conocedores de los modos de actuación de los medios, de su forma de interpretar la libertad de prensa, se pudieron sentir ofendidos pero no hicieron de ello un problema político. La reacción violenta llegó tiempo después y desde estados musulmanes. Los núcleos islamistas movilizaron a la calle con un discurso incendiario y lleno de falsedades. Fue un acto político bien concertado y que logró lo que buscaba, la declaración de Zapatero y Erdogan u otras semejantes de Javier Solana. Con ello dieron la razón a los radicales, ante los que se plegaron, y enviaron un mensaje inadecuado a los moderados. Por un lado, aquellos que viven en Europa no tienen que hacer un esfuerzo para adaptarse a nuestros valores y normas, pues su rechazo y movilización lleva al reconocimiento de sus posiciones. Por otro, aquellos que desde posiciones pro-occidentales defienden la acomodación del Islam a las exigencias de la modernización se encuentran deslegitimados por los propios dirigentes europeos. No puede por ello extrañar la fría acogida que la Alianza de las Civilizaciones ha recibido en las cancillerías europeas, tanto como los principios sobre los que se fundamenta.
Europa tiene un serio problema en su propio territorio con una parte del Islam y no reconocerlo es el primer error. Como traté de explicar en páginas anteriores, centrar nuestra atención sobre el fenómeno terrorista es normal, porque supone una amenaza directa para nuestras vidas. Pero ese no es el principal problema, la amenaza real es pacífica, como lo es también en los estados de mayoría musulmana. El islamismo continúa avanzando en Europa. Su estrategia es aprovechar los espacios que le proporciona el estado de derecho y el multiculturalismo para afianzarse en la comunidad musulmana e imponer sus puntos de vista en el conjunto del Estado. Su objetivo es evitar la integración, la contaminación. Para ello trabajan entre los musulmanes convenciéndoles de que los valores occidentales son repugnantes. Para los recién llegados, en especial si proceden del medio rural, el contraste entre los valores de origen y los de destino, o la falta de ellos, les produce una cierta crisis, de la que tratan de aprovecharse los islamistas. A los descendientes de emigrantes que no han logrado una buena integración y que no se sienten parte de una sociedad que les excluye, o de la que se excluyen, el islamismo les ofrece una interpretación coherente de su situación y un programa de acción para su futuro. Del desarraigo pasan a tener una vida con sentido. Para aquellos que se resisten a la aceptación de las interpretaciones radicales se reservan las presiones y coacciones. Paralelamente, gestionan la mala conciencia europea y se aprovechan de la crisis de valores para forzar una interpretación de sus derechos en un entorno multicultural que no implique la aceptación de los principios y valores sobre los que se sustenta nuestro sistema de convivencia. En el corto plazo intentan el reconocimiento de un mayor ámbito de competencias para la Sharia. En el medio plazo buscan la aceptación del doble sistema jurídico: la Sharia para los musulmanes y la ley común para el resto de los ciudadanos. Su estrategia implica, por lo tanto, el reconocimiento del fracaso de la integración y la vuelta a modelos anteriores al Renacimiento, cuando la convivencia entre distintas comunidades pasaba por marcos jurídicos exclusivos[16].
La estrategia islamista no es ningún secreto, como tampoco lo es la forma de combatirla. El primer reto es limitar su influencia sobre los muchos musulmanes que no participan de una interpretación radical de su credo y que buscan integrarse en la sociedad europea. Para ello conviene:
- Superar el racismo, tan característico del Viejo Continente, y darles la oportunidad de competir de forma más igualitaria en el mercado de trabajo para que perciban que son considerados como iguales.
- Mantener una posición firme frente al chantaje islamista, enviando la señal de que el Islam radical es incompatible con el marco jurídico europeo, con sus valores sociales y con sus principios jurídicos. No hay otro camino que la integración, aceptando las reglas de juego y aportando mucho de su cultura de origen. La inmigración es una extraordinaria fuente de recursos de todo tipo.
- Rechazar cualquier iniciativa que vaya dirigida a establecer estados dentro del estado, tanto en el plano educativo, como el familiar o el político. Somos libres e iguales ante la ley.
- Asumir una acción preventiva para evitar abusos, a menores y mujeres especialmente, en nombre del Islam.
- Controlar a grupos radicales para impedir que mediante publicaciones, intervenciones en la mezquita… puedan desarrollar su acción proselitista.
- Limitar unos flujos migratorios inasimilables, por lo que abocan a la creación de bolsas de marginación, terreno abonado para la expansión del radicalismo.
El combate contra el islamismo en Europa tiene dos serios obstáculos: la escuela y el sistema de bienestar. Es fundamental que los jóvenes de origen musulmán reciban en la escuela una clara información sobre esos principios y valores a los que venimos haciendo referencia, así como la exigencia de que los asuman si quieren formar parte de la comunidad. Sin embargo, no en toda Europa el profesorado de enseñanza elemental y media es partícipe de esta idea. Muchos de ellos se encuentran más cómodos en el multiculturalismo de base relativista. Si los jóvenes musulmanes no sienten la necesidad de integrarse, si ellos ven que los europeos no sienten aprecio a sus propios valores y asumen su culpa ante las críticas de los islamistas, parece lógico que sigan a estos últimos[17].
El denominado “estado de bienestar” es uno de los logros más característicos de Europa desde el final de la II Guerra Mundial. Su desarrollo ha permitido superar los viejos conflictos sociales que durante décadas protagonizaron la vida política, ha aportado estabilidad y creado unos mecanismos de solidaridad aceptados por la gran mayoría de la población. Sus costes económicos y sociales también son conocidos, pero no es éste el lugar para analizarlos. Lo importante es comprender que este sistema de servicios sociales, como el régimen democrático, está cimentado en principios y valores compartidos que, a su vez, son el resultado de una historia común. Muchas familias musulmanas encuentran que entre el trabajo precario de algunos de sus miembros y las ayudas sociales de muy distinto tipo que reciben pueden vivir perfectamente. Es evidente que sus exigencias no son las mismas que las de un europeo medio, como también lo es que ese conjunto de servicios le evita tener que hacer el esfuerzo de integrarse en la sociedad de acogida. No es sólo cuestión de que no sienta necesidad de buscar un trabajo mejor retribuido, que exigirá mayor dedicación, es que no está haciendo ningún esfuerzo por ser copartícipes de una empresa común. De esta forma el sistema se altera y corrompe. Esta actitud implica un incremento de coste para el estado, porque el aumento de demanda de servicios no se equilibra con un incremento de los ingresos por aportaciones empresariales o individuales. Europa está viviendo una experiencia semejante a la que sufrió Estados Unidos con la “Great Society” promovida por Lyndon B. Johnson. Una iniciativa dirigida a atenuar las dificultades de los más necesitados y para facilitar la integración de la población negra acabó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en causa de la formación de guettos, donde la población no sentía necesidad de integrarse porque con las ayudas sociales podían sobrevivir. Estados Unidos supo corregir el problema, como los estados europeos pueden hacerlo en los próximos años si no quieren que la situación se agrave. Para hacerlo conviene tener presente la experiencia norteamericana y no sólo en lo relativo a la “Great Society”. La emigración árabe en los Estados Unidos se caracteriza porque su integración es superior a la media, lo que contrasta claramente con lo que ocurre entre nosotros. Es verdad que no son exactamente los mismos árabes. Hay mayor presencia de cristianos y de personas con nivel educativo medio o superior. Pero, en cualquier caso, pone en evidencia que la integración es posible si quedan claras desde un principio las “reglas del juego” y si las ayudas sociales se limitan.
Conclusiones
1. El Islam vive tiempos convulsos marcados por el fracaso de muchos estados árabes en sus intentos de modernización y por las consecuencias de un proceso de globalización que nos aboca a una más intensa convivencia. La evolución del Mundo Árabe nos afecta muy directamente. Si no se produce una mejora en la gobernabilidad de esos estados, o si éstos caen bajo la influencia de grupos islamistas, las consecuencias para el conjunto del planeta pueden ser muy graves, tanto en el plano social como en el económico o de seguridad. Si los estados árabes continúan con las actuales ratios de fertilidad y siguen sin ser capaces de ofrecer futuro a sus propios jóvenes, Europa sufrirá una fortísima presión migratoria que, sumada a la propia crisis demográfica, llevará en un tiempo breve a una crisis de identidad. La dependencia que nuestra economía tiene del petróleo nos hace vulnerables a los cambios políticos en la región.
2. La frustración de la comunidad musulmana ante la falta de expectativas está en el origen del auge del islamismo, una corriente que ve en la modernización de sus sociedades y en la relación con Occidente el origen de su decadencia. En su opinión, sólo una vuelta a los fundamentos del Corán, la depuración de los regímenes “corruptos” y el enfrentamiento con Occidente puede llevar al resurgimiento del Islam. El islamismo es el principal problema ante el que nos encontramos, por su capacidad para frustrar los procesos de modernización de los estados musulmanes, para desestabilizar a medio plazo las democracias occidentales y por los graves retos de seguridad que nos plantea.
3. El islamismo tiene como objetivo la reinstauración del Califato y la aplicación de la sharia. Para lograrlo han ido surgiendo distintas tácticas, a menudo contradictorias entre sí.
4. La opción político-cultural, representada entre otros por los Hermanos Musulmanes, está teniendo indudable éxito, tanto en estados musulmanes como en Europa. La población se está alejando de sus gobiernos y adoptando posiciones fundamentalistas que, en el caso europeo, se suman a la voluntad de no incorporarse a la sociedad de recepción. Si hasta la fecha han visto cómo se les ha impedido acceder al gobierno mediante acciones antidemocráticas, su influencia política resulta tan evidente como creciente. Como se puede constatar en el caso palestino, pueden pasar de la defensa de las ideas a la lucha armada con facilidad.
5. El terrorismo yihadista, que tiene en al-Qaeda su máximo exponente, ha sufrido un fuerte desgaste desde 2001. Su éxito en imagen ha ido en paralelo al decaimiento de su capacidad operativa. Su adaptación a un nuevo entorno caracterizado por la pérdida de un estado de acogida y la formación de una red internacional dedicada a promocionar su actividad terrorista está logrando algunas mejoras en su operatividad, pero sin llegar a poner en peligro la estabilidad de ningún estado musulmán. La importancia que se le concedió hace unos años debería ser revisada. Al-Qaeda continuará suponiendo una amenaza para nuestra seguridad, pero no es la principal.
6. Irán representa la convergencia de las diferentes tácticas citadas, que se suman a la acción de un estado que desarrolla tanto tecnología de misiles como armamento nuclear. Con Irán el Islam radical entra de lleno en el ámbito de la proliferación de armas de destrucción masiva, siguiendo el camino iniciado por Paquistán. El uso que el gobierno iraní pueda hacer de su capacidad atómica nos sitúa ante uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo.
7. Occidente, y particularmente Europa, no puede quedarse de brazos cruzados ante estos retos. Tiene que apoyar la trasformación política, económica y social de estos países al mismo tiempo que debe asumir la gravedad de la amenaza que representa el islamismo. La tentación de apostar por estrategias de apaciguamiento sólo pondrá de manifiesto nuestra propia debilidad, desanimará a los sectores más moderados del Islam y envalentonará a los radicales.
8. El frente más grave está en la propia Europa, donde el islamismo va a intentar arrastrar a la población musulmana hacia una posición de rechazo a la integración y de exigencia de reproducir en el Viejo Continente el entorno más reaccionario del Islam. El reto coincide con una crisis de valores en Europa, que la hace más vulnerable. La defensa de nuestros propios valores y marco jurídico, junto con la protección de los musulmanes que sí desean integrarse y que se ven presionados por los más radicales, debe primar sobre tendencias relativistas que interpretan el multiculturalismo como el derecho a establecer estados dentro del Estado. El reto que nos plantea el Islam en su conjunto, y el islamismo en particular, sólo se puede comprender desde la crisis de valores que vive Europa, una crisis[18] que ha abierto un intenso debate sobre la decadencia del Viejo Continente y sobre su capacidad para incorporarse al nuevo entorno internacional desde la condición de actor relevante.
9. Sin restar importancia a la acción que corresponde a los estados occidentales, el frente central de la guerra de ideas desatada por los islamistas está en el propio mundo musulmán. Son ellos los que tienen que rechazar la estrategia radical y defender un conjunto de principios y valores compatibles tanto con el proceso de modernización global como con Occidente. Nosotros sólo podemos ayudarles a crear las condiciones más adecuadas para facilitar su victoria.
10. El creciente papel asumido por Irán ha despertado una fuerte oposición entre los estados sunitas, abriendo todo un espacio de maniobra para las diplomacias occidentales. Una acción inteligente y concertada puede ayudar a contener la amenaza iraní. Sin embargo, la formación de un frente sunita no debe representar una garantía para que estados como Arabia Saudí continúen siendo una fuente de financiación para organizaciones islamistas de distinto signo. Arabia Saudí es una amenaza para nuestra seguridad tan grave como Irán.
11. La amenaza que nos plantea el Islam va más allá del ámbito de la seguridad exterior. Hay aspectos que indudablemente lo son, como la amenaza nuclear planteada por Irán. Cada vez más resulta evidente que nos encontramos ante un extraordinario desafío cultural, tanto en Europa como en estados de mayoría musulmana, que nos obligará a actuar de forma más compleja y sofisticada. El desafío que representa el Islam radical rompe las barreras de la seguridad para entrar de lleno en el terreno de la cultura.
Notas
[1] BURLEIGH, Michael “Some European Perspectives on Terrorism” Foreign Policy Research Institute E-Notes. 22 May, 2008.
[2] “Saudi Arabia backgrounder: Who are the islamist? ICG Middle East Report nº.31. 21 September, 2004.
[3] TERNISIEN, Xavier Los Hermanos Musulmanes. Ediciones Bellaterra. Barcelona, 2007. 202 págs.
[4] PAZ, Reuven Qaradhawi and the World Association of Muslim Clerics: The New Platform of the Muslim Brotherhood. PRISM Series of Global Jihad, Vol.2, nº.4, 24 November, 2004.
[5] KEPPEL, Gilles La Yihah. Expansión y declive del islamismo. Ediciones Península. Barcelona, 2001. págs. 575 y ss.
[6] Para la evolución de las estrategias terroristas hasta el conflicto de Iraq ver la excelente obra de GERGES, Fawaz A. Journey of the Jihadist. Incide Muslim Militancy. Harcourt, Inc. Orlando, 2006. 312 págs.
[7] GUNARATNA, Rohan, Al Qaeda. Viaje al interior del terrorismo islamista. Servidoc. Barcelona, 2003. 383 págs.
[8] KEPEL, Gilles “Bin Laden's self-defeating jihad” Financial Times 7 September, 2004.
[9] MARDINI, Ramzy “Uncertainty Facing Iraq’s Awakening Movement Puts U.S. Strategy at Risk” Terrorism Monitor Vol.6, Nº 4. 22 February, 2008)
[10] Carta de al-Zawahiri a al-Zarqawi 9 de Julio de 2005.
[11] BURLEIGH, Op. cit.
[12] Este tema lo he desarrollado junto con Rafael L. Bardají en “La Iniciativa para el Gran Oriente Medio” en Análisis nº 62. www.gees.org 5 de Abril de 2004 y “La recepción internacional de la Iniciativa para el Gran Oriente Medio” Análisis nº 67 www.gees.org 8 de Junio de 2004.
[13] COX, Carolina & MARKS, John The West, Islam and Islamism. Is ideological Islam compatible with liberal democracy? Civitas: Institute for the Study of Civil Society. London, 2006, 2nd. Ed. 237 págs.
[14] Alliance of Civilization. Final Report of the High-Level Group. Istambul, 13 November, 2006.
[15] Recep Tayyip Erdogan and José Luis Rodríguez Zapatero “A call for respect and calm” International Herald Tribune 5 February,2006.
[16] Una obra clásica sobre las relaciones del Islam con Occidente es YE’OR, Bat Eurabia. The Euro-Arab Axis. Associated University Presses. Cranbury N.J., 2005. 384 págs.
[17] En este sentido resulta ilustrativa la experiencia del profesor de liceo francés Robert Redeker, recogida en su libro ¡Atrévete a vivir! Madrid. Gota a gota, 2008. 120 págs.
[18] Sobre el debate en torno a la crisis de valores europea y su posible decadencia ver la interesante introducción de SENDAGORTA, Fidel Europa entre dos luces ¿Declive o resurgimiento? Biblioteca Nueva. Madrid, 2007. 152 págs.