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    Irán tras la represión: consecuencias estratégicas

    01.08.09

    Permalink 12:26:53 por Lugh, Categorías: Irán, Israel

    Por Rafael L. Bardají.

    Dos han sido los aspectos del Irán de Jomeini que han hecho de Irán una amenaza para la seguridad internacional: su naturaleza islamista revolucionaria y expansiva; y su ansia por dotarse de un arma nuclear a toda costa, engañando a la comunidad internacional y violando sus compromisos con la Agencia Internacional de la energía Atómica. Ninguno de estos dos peligrosos rasgos se ha debilitado tras los acontecimientos en torno a las pasadas elecciones del 12 de junio. Al contrario, con la represión del movimiento de protesta, el poder se ha concentrado en una facción más radical, dispuesta para una actitud más confrontacional con Occidente y convencida y entregada a exportar la revolución jomeinista allende sus fronteras. Y, para ello, necesitada de tener la bomba atómica como instrumento de santuarización, de chantaje e intimidación y, no hay por qué descartarlo, de uso terrorífico.

    La reciente evolución del régimen

    El sistema político iraní no responde a los cánones del Estado moderno al que estamos acostumbrados los occidentales. Y se ha visto bien claramente no sólo con la despreocupación sobre las consecuencias de la represión de los manifestantes pacíficos, sino con el rumbo de las decisiones adoptadas tras estos acontecimientos, la forma de tomarlas y los órganos o líderes encargados de tomarlas.

    La victoria de Ahmadinjead en las pasadas presidenciales de 12 de junio y la forma de encarar a través de la brutalidad y la represión las protestas ante la evidencia de un claro fraude electoral, ha abierto ciertas fisuras en el régimen de los ayatolas, pero, al mismo tiempo, ha llevado que en el corto plazo sean los más radicales quienes salgan favorecidos con, además, un claro reforzamiento de la posición del líder supremo, Alí Jamenei, en tanto que poder real en el Irán actual.

    Es verdad que por primera vez en muchos años, el régimen se ha encontrado claramente dividido entre sus cuadros. Al menos, tres facciones se han hecho explícitas en los días posteriores a la contienda electoral: por un lado, una gran parte del clero bajo, los mullas, basados en Qom, la ciudad base espiritual del sismo, que se preguntan dos cosas relativamente distintas: unos, los seguidores del quietismo y la inspiración del Gran Ayatola iraquí Ali al-Sistani, que se cuestionan el papel activo de los clérigos en la política, particularmente cuando ésta se vuelve en contra del pueblo; y otros, de filosofía opuesta a los anteriores, que no ven con buenos ojos el ascenso imparable de un líder como Ahmadinejad, al que consideran, independientemente de sus inclinaciones religiosas, alguien ajeno al clero y, en consecuencia, falto de la debida sensibilidad para llevar por el buen camino del Corán a los iraníes.

    Una segunda facción crítica ha estado representada por el ayatola Akbar Hashemi Rafsanjani, realmente el más perjudicado por la consolidación del Ahmadinejad y por la estrecha vinculación de éste con el líder supremo, Alí Jamenei. Rafsanjani fue el principal contendiente de Jamenei a suceder en su día a Jomeini y nunca ha aceptado del todo su supeditación al líder supremo y mucho menos al presidente, en quien ve un radical extremo que puede poner en peligro la estabilidad iraní y, con eso, su propia posición política y social. No conviene olvidar que Rafsanjani es posiblemente el hombre más rico en Irán y que parte de su fortuna se ha amasado con prácticas poco claras cuando no corruptas. La bandera anticorrupción aireada por Ahmadinejad la ha interpretado siempre como una amenaza directa contra su persona.

    La tercera escuela la encarna un conjunto bastante dispar de los llamados reformistas, encabezada públicamente por el líder Mir Hussein Mousavi, el gran derrotado de los comicios del 12 de junio, pero que cuenta también con personajes de la talla de Mohamed Jatami. Sus críticas se concentraron en el fraude electoral y, con la represión, se han ido centrando en la suerte de los detenidos. La radicalización del régimen también les llevó a radicalizar sus diferencias y en algunos momentos el enfrentamiento con el Líder Supremo se llegó a expresar abiertamente, aunque por lo general la mayoría de sus cabecillas han evitado ese combate para centrarse casi exclusivamente en la figura de Ahmadinejad.

    Por último están los seguidores de Ahmadinejad y el mismísimo Jamenei, como pieza independiente en este juego.

    Sea como fuere, la dinámica creada es compleja y en gran parte indescifrable para nosotros los occidentales. Pero en el corto plazo algunas cosas están claras: los reformistas han sido derrotados; Ahmadinejad seguirá en el poder y, lógicamente, cuenta con otros cuatro años para consolidar una elite que le es fiel, no vinculada a los clérigos, sino a los Guardianes de la revolución, con lo que una transición interna del régimen puede estar garantizada. No obstante, el verdadero gran ganador de la este capítulo es el Líder Supremo Alí Jamenei: se ha inclinado claramente a favor de Ahmadinejad, rompiendo claramente con la tradición de que el líder supremo debe actuar como un balancín equilibrador, a la vez que ha dejado claro que es él y no Ahmadinejad la fuente real de poder dentro del actual esquema de gobierno teocrático iraní. Así, por ejemplo, no sólo ha asumido el control directo de la gestión de la crisis, sino que ha acabado por imponer a Ahmadinejad la configuración de sus ministros, obligando a que éste cese en su cargo su vicepresidente primero, Esfandiar Rahim Mashai, por “blando”. Las palabras conciliadoras de este último hace un año hacia el pueblo americano e israelí han sido ahora juzgadas demasiado incongruentes con la base política del presidente iraní. Tal vez lo más humillante de esta imposición de Jamenei sea que Mashai, además de vicepresidente, era el suegro de la hija de Ahmadinejad, algo para nosotros tal vez secundario pero altamente relevante para los lazos que se establecen en el Oriente Medio.

    Por lo tanto, sólo se puede concluir de esta crisis que, de momento, la línea más dura y confrontacional ha triunfado en Teherán. Sin duda los dirigentes tendrán que recomponer sus relaciones de poder a fin de evitar mayores discrepancias y la excarcelación de algunos de los disidentes moderados puede ir en esa dirección. Rafsanjani seguirá siendo un problema para la legitimidad de Ahmadinejad, tal vez el principal. Pero a diferencia de otros, Rafsanjani necesita íntimamente que el sistema no se vea puesto en cuestión o en peligro, pues su destino personal necesita de que el régimen no se tambalee, por lo que es lógico pensar que se podrá llegar a un relativo acomodo con él.

    El destino de los reformistas depende en gran medida de lo que haga la comunidad internacional a partir de ahora. Si Europa y América se abren al diálogo con Irán, su silencio está garantizado, pues le daremos a los dirigentes de Teherán una legitimidad que ha estado cuestionada dentro del país. El régimen se sentirá más confortable y la vida de los disidentes será más difícil.

    El programa nuclear

    Si la esperanza diplomática occidental era que un nuevo líder en Teherán, más pragmático y moderado, sería más sensible a la presión internacional y estaría mejor dispuestos a negociar el fin del programa atómico a cambio de contrapartidas, con la consolidación de Ahmadinejad y la facción dura que representa, esa esperanza se ha desvanecido por completo.

    De hecho, puede afirmarse que a pesar de todos los problemas políticos tras las elecciones presidenciales en Irán, no ya el programa, sino su avance, se ha visto inalterado.

    Que Irán sigue persiguiendo activamente una bomba atómica no es ya ningún secreto. Por ejemplo, a pesar de que la inteligencia norteamericana diera su golpe de efecto contra Bush con su célebre Estimate de finales de 2007 en el que se afirmaba que Irán había detenido su programa nuclear militar, el director de inteligencia nombrado por Obama, el almirante Blair, reconocía el pasado febrero en su comparecencia ante el senado americano que Irán había detenido en 2003 el diseño de la cabeza nuclear, pero que seguía bien activa en la porción de obtener material fisible y en el diseño de los vehículos portadores, es decir, los misiles balísticos.

    Otro ejemplo: el siempre moderado director de la Agencia de la energía atómica de Viena, el egipcio Mohamed el Baradei, declaraba en una entrevista este pasado mes de junio que era su creencia que Irán quería la tecnología de enriquecimiento de uranio para ser capaz de tener armas atómicas.

    El último informe de la agencia de Viena al servicio de la ONU, de junio de este año 2009, resulta tan claro como preocupante: De febrero a junio, las autoridades iraníes han aumentado el número de centrifugadoras en su planta de Natanz en un 30%, pasando de 5.400 a algo más de 7.000, de la cuales plenamente operativas 5.000.

    En noviembre de 2008, Irán contaba con un stock declarado de 425 kilogramos de uranio de bajo grado de enriquecimiento. Con las recientes incorporaciones de centrifugadoras y su mayor eficiencia productiva, se calcula que en Natanz se pueden estar produciendo en estos momentos unos 7 kilos del mismo uranio de bajo grado al mes, cifra que seguirá incrementándose a medida que se emplean más centrifugadoras.

    Para fabricar su primera bomba, los ingenieros iraníes necesitan entre 20 y 25 kilos de uranio enriquecido al 90%. Y también sabemos científicamente que para lograr esa cantidad de uranio enriquecido a nivel militar, los iraníes deben producir antes 664 kilogramos de uranio de bajo enriquecimiento que someter a nuevos procesos de centrifugados hasta alcanzar el grado necesario para una bomba. Todos los expertos estiman que esa cantidad la tendrá Irán antes de que acabe este año 2009 o enero de 2010 a más tardar. Desde ese momento, y una vez que se tome la decisión de pasar a la fase de enriquecimiento de grado militar, Natanz tardaría un mínimo de dos meses y un máximo de un año en elevar el uranio de bajo enriquecimiento a de grado militar, dependiendo de cuántas centrifugadoras pusiera para esta tarea. La Universidad de Wisconsin estima que si Irán quisiera, podría lograrlo en tan sólo mes y medio.

    Sólo consideraciones de índole política por parte de los dirigentes iraníes podrían alterar el calendario científico-técnico justamente descrito. Y habida cuenta del endurecimiento de la actual elite en el poder, no parece prudente pensar que vayan a abandonar su ambición atómica voluntariamente. Conviene recordar que el programa atómico iraní, tanto en su vertiente abierta como en la clandestina, ha gozado de un alto grado de consenso y apoyo de todas las facciones del régimen. Por ejemplo, el actual líder moderado Mousavi es el responsable de las adquisiciones ilegales a la red del científico paquistaní A. Q. Khan y aunque el aclamado por Occidente Jatamí intentó ejercer un mayor control sobre el programa nuclear, bajo su mandato no hizo sino acelerar sus aspectos militares. Jamenei está convencido de que la bomba es el mejor instrumento de influencia islámica con el que puede soñar Irán y la gente como Ahmadinejad lo ve como la herramienta necesaria para poder cumplir sus sueños revolucionarios y expansionistas.

    Ahora bien, si la CIA tenía razón y en 2003 Irán detuvo temporalmente su programa nuclear por temor a una intervención armada norteamericana, cuyas tropas estaban entrando en Irak victoriosas, ese miedo a lo que puedan imponer ahora los americanos es mucho más bajo, si no inexistente del todo.

    Obama y el diálogo

    En efecto, los ayatolas iraníes podrían estar perfectamente convencidos de que la administración Obama se ha hecho a la idea y acepta, aunque no lo diga, que la bomba iraní es ya un escenario inevitable. Hasta cierto punto tienen razones para pensar de esa manera.

    Por un lado está la llamativa ausencia de medidas críticas frente a la represión tras el 12 de junio, justificada públicamente por el presidente americano por su deseo de “no causar injerencias” en asuntos internos de Irán. Contrasta tanto con lo que cabía esperar de cualquier inquilino de la Casa Blanca que en Teherán se piensa que los intereses regionales de Estados Unidos en la zona, desde Irak a Afganistán, pasando por el petróleo y la nueva aproximación hacia la cuestión palestina, obliga a América a buscar la colaboración directa o indirecta iraní a fin de no agravar muchos de los problemas a los que se enfrentan los americanos. Al fin y al cabo, los iraníes pueden arruinar los planes de Obama tanto en Irak como en Afganistán con relativa facilidad.

    Pero más allá de cómo interpreten los dirigentes iraníes las necesidades estratégicas y geopolíticas americanas en el Golfo, en Teherán también son conscientes de la nueva actitud de Barack Obama, explicitada ya en diversas ocasiones: saben que el presidente americano quiere iniciar una nueva relación con el mundo musulmán, nada confrontacional, tal y como explicó en su discurso de El Cairo; saben también que su preferencia personal es siempre el diálogo antes que recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza; y saben que ha abandonado la política de confrontación con Irán en la esperanza de llegar a un entendimiento fructífero con ellos. Se acabó el temor a un apoyo al cambio de régimen.

    Y en esto último están en lo cierto: Obama prefiere poder hablar con un opresos como Ahmadinejad antes que perder sus planes de diálogo a causa de una revuelta interna. No otra cosa explica su actitud ante la crisis política post-electoral.

    Donde Obama se equivoca es en la disposición de los ayatolas a negociar sinceramente. Entre otras cosas porque se ha colocado en una situación de desventaja al aceptar un diálogo sin condiciones previas y al asumir que tendrá que hacer ciertas concesiones para que los ayatatolas le sigan el juego diplomático. Por ejemplo, en Washington ya no se habla del abandono del proceso de enriquecimiento como una condición para poder hablar bilateralmente de manera directa, sino de una congelación interina mutua. Esto es, paralización del enriquecimiento a la vez que se levantan las sanciones. Y después de eso, a negociar.

    El problema de fondo es que los ayatolas no quieren negociar lo que de verdad interesa, el abandono total de su programa nuclear de uso militar, incluido el enriquecimiento de uranio. Ahmadinejad se ha hartado de repetirlo antes y después de ser reelegido. Y es un hombre de palabra. Eso hay que reconocérselo.

    Poco puede esperarse de la capacidad de convicción de unos Estados Unidos que parecen entregados al derrotismo en este asunto. Es más, si no se logra ningún acuerdo, siempre queda el consuelo de que el Pentágono podría poner en marcha una estrategia de contención como la que puso en su día en pié contra la URSS durante la Guerra Fría, a pesar de las muchas indicaciones de que no son situaciones ni similares ni traspasables.

    La baza israelí

    Lo único que en estos momentos pueden temer los dirigentes en Teherán es un ataque sorpresa israelí que destruya parcial o completamente las principales instalaciones de su programa nuclear. Sin contar todavía con los sofisticados sistemas antiaéreos que la Rusia de Putin se ha comprometido a venderles, instalarles y mantenerles, Jamenei, Ahmadinejad y los suyos saben que son vulnerables ante un raid de la aviación de Israel. Como también saben que su capacidad de represalia es bastante menor de lo que suele decirse.

    Sin embargo, los iraníes pueden estar convencidos de que Israel no lanzará su ataque sin contar con el apoyo expreso o tácito del presidente Obama. Y saben que ese apoyo no lo tienen hoy y posiblemente no lleguen a tenerlo nunca. Al menos no antes de que para ellos sea demasiado tarde. Es decir, se declaren potencia nuclear no virtual como en la actualidad, sino real y operativa.

    Mientras los Estados Unidos se crean que poniendo en primer plano el proceso de paz con los palestinos, tendrán más apoyos para parar la bomba iraní, los ayatolas pueden sentirse confiados de que no habrá un ataque. De haberlo, todos los logros diplomáticos americanos en la zona se evaporarían de la noche a la mañana, aunque sólo fuera por una cuestión formal. La calle árabe no aguantaría otra agresión imperialista en la zona y sus dirigentes, más temerosos de Irán que de Israel, pero mucho más de sus ciudadanos, se verían forzados a alinearse con la agredida Irán. Al menos de palabra.

    ¿Están equivocados los dirigentes iraníes en sus cálculos? En Israel hay quien argumenta que lo complicado no es el bombardeo o la acción militar, sino la gestión de sus consecuencias políticas; también hay quien calcula que el efecto que se podría lograr, habida cuenta de las posibles instalaciones secretas que quedarían intactas, no compensan el daño que se puede introducir en la relación con América, que podría dejar a Israel como un auténtico estado paria; por último, hay quien está de verdad convencido de que Israel puede entrar en una relación de disuasión mutua con un Irán nuclear.

    Cierto, también hay un nutrido y significativo grupo que dice que godo eso es impensable y que un Irán atómico representaría tal amenaza existencial que Israel hará cuanto esté en su mano para evitarlo.

    Con todo, las voces que creen ver fisuras insalvables en el régimen iraní llamarían a la espera y a la prudencia. Tal vez el régimen no vaya a dar mucho más de sí. Sería una carrera a contrarreloj: cambio político o bomba atómica. Un finísimo cálculo que de no hacerse correctamente, acabaría en la bomba en manos no sólo de los ayatolas, sino de los guardianes de la revolución más radicales de los 30 años de jomeinismo.

    Sólo el tiempo nos dirá qué es lo que llegará primero. Aunque hoy por hoy todo apunta a que estamos más cerca de la bomba nuclear iraní, que del cambio de régimen. Las fisuras son menores que las fortalezas de quienes quieren la bomba a toda costa. Esa puede ser la mayor consecuencia estratégica de lo que ha estado pasando en Irán tras las elecciones.

    Lo que puedan llegar a hacer con su arsenal atómico será la otra gran revolución estratégica de nuestro mundo tras la desaparición de la URSS en 1991

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