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    Irán tras la represión. Una historia ilusoria

    19.07.09

    Permalink 12:50:54 por Lugh, Categorías: Irán

    Por Oscar Elía Mañú.

    1. República, pero islámica

    Si la revolución iraní pudo en algún momento ser izquierdista, la apoteósica llegada de Jomeini a Teheran en febrero de 1979 disipó cualquier ilusión. Los partidos socialista y comunista, que a imagen y semejanza de sus hermanos en Asia o América habían organizado protestas contra el Sha, fueron después barridos del mapa por el islamismo chií. Paradójicamente, un Jomeini afincado en París, empujado por la izquierda parisina, arrebató el poder tanto al Sha como a la izquierda iraní que aspiraba a sustituirle. Primero hurtó el protagonismo a los partidos políticos; después se quedó con su legitimidad revolucionaria, que volvió contra ellos mismos: no fueron los descendientes de Marx sino los de Husein los que tomaron el poder. Pese al entusiasmo que durante años generó la figura jomeinista en Europa, lo cierto es que los ayatolás no hicieron la revolución en nombre del materialismo dialéctico, sino del espiritualismo fundamentalista.

    Revolucionaria e islámica, la nueva realidad política, la República Islámica de Irán, se guardo para sí lo segundo y dejó para el resto del mundo lo primero. En el interior, instauró un fundamentalismo religioso a medio camino entre el medievo y la modernidad. En el exterior, se dio a si mismo la misión histórica de cambiar el orden político y estratégico en el Islam, y entre éste y el resto del mundo. En ambos el uso de la violencia como instrumento político se convirtió en algo habitual.

    La estructura del régimen de la República Islámica de Irán es bien conocida por los expertos[1], una particular mezcla de fundamentalismo religioso chií e instituciones formalmente democráticas. En cuanto a lo primero, la legitimidad religiosa y la responsabilidad política residieron en Jomeini desde 1979, y a partir de 1989 en su sucesor Jamenei. El líder de la revolución encarna la continuidad del proyecto jomeinista por encima de las circunstancias. Él elige a la mitad de los miembros del Consejo Supremo, los teólogos, y lo que es más importante, su mano controla los instrumentos de la violencia civil: la Guardia Revolucionaria y las milicias Basij. Los miembros del Consejo Supremo dirigen a su vez las principales instituciones iraníes, desde el poder judicial al ejército, en un entramado institucional dirigido a salvaguardar la naturaleza y el objetivo histórico del régimen.

    La ortodoxia moral y religiosa no evita las luchas intestinas: toda política conlleva competición por el poder, tanto en la indiscreta Washington como en la misteriosa Teherán. A esta ley universal no escapan el Consejo Supremo o su líder máximo, que la libran con el mayor de los secretos. La competición “pública” –la formalidad democrática- queda reducida a las dos instituciones inferiores: la Presidencia de la República y su Parlamento, donde el juego democrático se asemejaría al occidental si no fuese por el límite claro y estricto a los que se les somete por parte de las instituciones superiores.

    Entramado institucional, de equilibrios y contrapesos, de rivalidades ocultas o exhibidas que no pone en duda lo fundamental: el carácter de la República Islámica de Irán. Desde 1979, nadie ha dado jamás la espalda al espíritu de Jomeini[2], a los objetivos de la revolucionaria república. Más que un país o una nación, Irán es un proyecto político panislámico, con el doble objetivo del liderazgo espiritual y estratégico. Doble objetivo para el que Irán se creó desde el principio, y al que se dedican todas las instituciones, desde el líder supremo hasta el Parlamento iraní. Objetivo que guía y al mismo tiempo limita la rivalidad entre las partes.

    Así las cosas, ni las estructuras, ni el funcionamiento ni los objetivos del régimen se ponen en juego en cada elección: no lo hacían antes, y no lo han hecho en la de junio de 2009. Los reformistas, los opositores, quedan fuera de la lucha por el poder, la pública y la privada. Siguiendo escrupulosamente los cauces legales fijados por el régimen –visto bueno del Consejo, probada fidelidad a los principios y usos institucionales- fueron los candidatos de las familias del régimen los que se enfrentan en la campaña presidencial de junio de 2009, que continuó con la rebelión abierta en la calle, y que termina –como era de esperar- en una represión brutal que hace volver el orden a la ortodoxia republicana-fundamentalista tradicional.

    2. Una historia ilusoria: ¿quien tiene la iniciativa?

    La primera fase de la crisis se caracteriza por la pérdida de iniciativa del Gobierno en la parte final de la campaña, iniciativa que pasa, primero poco a poco y después rápidamente, a la oposición. Desde el 20 de mayo –fecha de la aprobación de las candidaturas- hasta la segunda semana de junio, el pulso está igualado. Las críticas a Ahmadineyah se relacionan con su gestión interna, con la economía, con la corrupción en su gobierno. Problemas reales y concretos, de los que él es el responsable, pero que al comienzo de la campaña no parecen hacerle demasiada mella. Repite la campaña que tan buen resultado le dio en 2005, movilizando a los suyos a través de la milicia basiji, siempre fiel, y aprovecha en campaña su buen conocimiento del país y de las instituciones.

    Enfrente, Musavi es el que recoge el descontento hacia su gestión, dejando atrás a Karrubi. Tras veinte años de ausencia, el ex-primer ministro hace promesas de fidelidad a unos principios islámico-republicanos a los que dice que Ahmadineyah ha renunciado. Durante días, apela a la pureza moral islámica para atacar a un rival que poco a poco va cediendo, defendiéndose sin demasiada habilidad: el debate del día 3 muestra ya un Musavi con más iniciativa. Ambos usan los instrumentos que el régimen pone a su disposición y que tan bien conocen, y se acusan entre sí de traicionarlo, entre proclamas islámicas y de fidelidad al mesianismo iraní. La competición, no obstante, se lleva a cabo dentro de los límites habituales.

    Pero poco a poco la intensidad de la competencia lleva el juego hasta el límite de lo permisible para el régimen. La refriega llega hasta Rafsayani y Jatamí, y salpica al propio Jamenei. Y en algún momento, se produce un hecho esencial: la intensidad de esta lucha interna dentro del régimen abre otra lucha, la de los opositores a él. Sin concurrir, o expulsados de la contienda electoral por el Consejo Supremo, muchos de ellos ven en Musavi la posibilidad de fracturar al régimen. No son todos, pero si los suficientes para inclinar aún más la balanza hacia Musavi; pero al mismo tiempo hacen a este rehén de sus nuevos apoyos. La intromisión de parte de la oposición real empuja a Musavi al equilibrio entre una probada fidelidad al régimen y la necesidad de mantener entre los suyos a quienes le piden que no lo sea.

    Esta intromisión arrastra a su vez a una tercera: la atención de los medios occidentales hacia los comicios. Lo que es sólo una lucha de poder entre familias del régimen amenaza con desbordarlo tan pronto como occidente toma partido por el color verde de Musavi frente al azul de Ahmadineyah, convertidos en los informativos occidentales en el color del reformismo y la moderación frente al del fundamentalismo. Simplificación irreal, que impulsa aún más a Musavi, convertido en una figura reformista que no es[3]. Poco importa que éste manifieste fidelidad inquebrantable al régimen. Su imagen le impulsa y le desfigura al mismo tiempo.

    La última semana antes de la elección, Musavi tiene ya ventaja. Embarcado en la tradicional farsa electoral, confiado en los instrumentos propagandísticos y de intimidación que tan buen resultado le dieron en 2005, Ahmadineyah pierde fuerza en la calle, y los seguidores de Musavi -convertido ya en algo más que uno más del régimen-, alcanzan la última semana antes de las elecciones la victoria moral: manejan más y mejor las nuevas tecnologías, se movilizan con mayor facilidad, llaman la atención de la comunidad internacional y toman la iniciativa en la calle. Conforme éstos se crecen, pierden fuerza sus oponentes. Moralmente, están ganando el veredicto de la calle y las simpatías en el exterior, lo que en un régimen de tradición revolucionaria equivale a ganar la mitad de las elecciones.

    3. ¿Abierta rebelión?

    El viernes 12 se celebran las elecciones, con acusaciones de fraude ante el 67% de votos de Ahmadineyah. Algunos analistas han afirmado que fue él quien ganó las elecciones, y que la burda manipulación buscó apuntalar una victoria escasa. Otros han señalado la posibilidad de un empate o una derrota de Ahmadineyah, con una descarada manipulación de las cifras. Hay quien no descarta que la victoria de Ahmadineyah a lo largo y ancho del país quedase escondida tras las protestas televisadas, y que de hecho, una aplastante mayoría de iraníes, de un extremo a otro, depositaran su confianza en quien, pese a todo, representaba la seguridad de la continuidad.

    Comienza aquí la segunda fase de la pseudo-revolución, caracterizada por la iniciativa de los rebeldes opositores. En medio del optimismo de los de Musavi, el resultado oficial aparece como un insulto hacia una calle que pertenecía desde hacía días a los de Musavi, y hacia unos medios occidentales entregados a él. Así que ocurre lo previsible: Musavi pasa a la ofensiva, su equipo habla de manipulación, de ilegalidad y de fraude contra el pueblo. El día 13 comienzan las manifestaciones contra el Gobierno, que ganan en intensidad; entre ese día y el día 16 suman 600.000, en Teherán y en otras ciudades. Intelectuales, analistas y partidarios de Musavi copan los medios, y explican al mundo su interpretación de la crisis, ahondando en ella.

    En estos días, el régimen se muestra desorientado, y da bandazos. Oscila entre la represión de los manifestantes y el anuncio de investigaciones. Por un lado busca mostrar firmeza; por otro, busca apaciguar a los opositores, y Jamenei y el Consejo Supremo anuncian –día 16- investigaciones. En consecuencia, no hace bien ninguna de las dos cosas: los de Musavi en abierta rebeldía, no se calman ante los paños calientes que el gobierno propone. Y éste emplea la fuerza de forma aún timorata, temeroso del efecto en una opinión pública de la que desconfía, y unos medios de comunicación mundiales centrados en escrutar su comportamiento.

    En estos días, los inmediatamente posteriores a la elección, muestran la máxima fortaleza de los opositores, y la máxima debilidad del régimen. A ellos pertenecen las imágenes que se distribuyen, a través de Internet, por todo el mundo. La represión desorganizada y poco efectiva refuerza a los opositores, que reciben la ventaja de ser atacados pero no la desventaja de ser demasiado atacados. El régimen da cierta imagen de debilidad; no demasiado, pero sí la suficiente para crear una imagen de esperanza, no sólo en la calle, sino en los medios de comunicación occidentales, que ven como la iniciativa corresponde a los de la bandera verde. En algunos momentos, los acontecimientos diríanse revolucionarios.

    Quedaban, no obstante, preguntas inquietantes sin resolver: ¿cuántos eran realmente los manifestantes?, ¿hasta qué punto representaban la voluntad popular?, ¿eran las calles de Teheran el espejo de lo que ocurría a lo largo y ancho del país?, ¿habían dado los opositores todo lo que daban de sí? Y por otro lado, ¿había mostrado el régimen y el Gobierno todo aquello de lo que eran capaces?, ¿era la debilidad del régimen algo estructural o fruto de circunstancias y decisiones equivocadas?, ¿estaban dispuestos, no sólo Ahmadineyah y Jamenei, sino el resto de clérigos –favorables a Musavi o no- a dejar arrastrar al régimen hasta ponerlo en peligro?

    4. La reacción del régimen

    Estas preguntas comienzan a responderse el día 18, tras las últimas grandes manifestaciones de los días 16 y 17. Comienza aquí la tercera fase de los acontecimientos: la rebelión se somete violenta y brutalmente. El régimen iraní, acorralado, muestra y despliega toda su fortaleza, mostrando a iraníes y extranjeros la verdadera naturaleza de la República Islámica de Irán. Los recursos de una dictadura se ponen en marcha implacablemente, en varias direcciones, y de manera despiadada.

    En primer lugar, el gobierno aísla el país, ampliando los cortes telefónicos y de Internet, e intensificando el espionaje a los activistas opositores. Los periodistas son expulsados del país, los turistas confinados bajo vigilancia y las embajadas occidentales sometidas a vigilancia. Es en este momento cuando los ayatolas denuncian la conexión de los manifestantes con los servicios secretos de Gran Bretaña y Estados Unidos -devolviendo la presión a unos países occidentales que habrían ido ya demasiado lejos-, deslegitimando las protestas. Como ya se ha dicho en varias ocasiones, las democracias occidentales no tardan en ceder, y en la encarnación práctica del discurso de El Cairo, la Administración Obama afirma no querer “interferir” en la represión iraní.

    La suerte de los opositores, tanto de los que se mantienen fieles al régimen como de los verdaderos reformistas, está echada. En segundo lugar, paralelamente a la cuarentena, el régimen recupera la calle. La acción combinada de las milicias de jóvenes basiji, de la Guardia Revolucionaria y de la policía sofocan brutalmente los intentos de los opositores por manifestarse Ya no se trata de la pese a todo tímida respuesta del Gobierno entre los días 13 y 17: éste está dispuesto a ganar la calle a cualquier precio, y para ello utiliza todos sus instrumentos.

    Entre el 19 el 21 los opositores aún aguantan, quizá sin saber lo que les viene encima. Ese fin de semana es el comienzo del fin. Comienzan las detenciones, que pasan con creces de los 50 en una sola mañana, y también las muertes, entre los que se encuentra la joven Neda Agha-Soltan[4], muerta durante la represión del sábado 20 y convertida en figura de los opositores. Las cifras de muertos ese día oscilan entre los 19 y los 160, aunque entre ellas también hay miembros de las milicias gubernamentales. El paisaje en las grandes ciudades es de disparos, gases, carreras. Tras la brutalidad del fin de semana, los opositores aún reaccionan tratando de protestar y llamar la atención de la comunidad internacional los días 22 y 24, con muy poco éxito.

    Después, y a la vez, que se sofocan las manifestaciones callejeras, la represión se dirige en tercer lugar a la cabeza de las protestas: minuciosamente son detenidos todos aquellos que se han significado dentro de la oposición, incluidos varios exministros de los gobiernos de Jatamí, periodistas e intelectuales. Ya no se trata de detenciones efectuadas a pie de calle contra los alborotadores y los manifestantes, sino de arrestos y detenciones en las viviendas y oficinas. Los responsables huyen en desbandada, y se esconden como pueden.

    Entre el día 19 y el 21 todo termina. Aún habrá pequeñas protestas el 22, el 24 y el 28, pero son disueltas sin dificultad y sus líderes, los que aún quedan en libertad, detenidos. La represión abandona la urgencia de la calle, y se centra en los asaltos nocturnos a viviendas y hogares. El régimen ya tiene la iniciativa, y lejos de estar a la defensiva, es él el que controla los acontecimientos. El triunfo del régimen es total: ha sofocado cualquier protesta, se ha llevado por delante a docenas de opositores y ha controlado la reacción de la comunidad internacional, que a finales de julio mira ya hacia otro lado ante los desmanes iraníes.

    5. Tinieblas sobre Irán

    A partir de ese momento, como editorializa GEES en Libertad Digital[5], las tinieblas se instalan -o vuelven- a Irán: el régimen trajina a sus anchas, apoyado por la tecnología en telecomunicaciones que le prestan las mejores compañías occidentales. La represión, pasado su momento álgido, vuelve a los niveles habituales; sorda, silenciosa, continua. En julio, la normalidad está ya reinstala en las ciudades iraníes; y por normalidad se entiende control político y social a base de terror y propaganda.

    ¿Qué ha ocurrido para crear una situación ilusoria e irreal? La progresiva pérdida de la iniciativa por parte del Gobierno de Ahmadineyah en las jornadas previas a las elecciones, acelerada enormemente tras conocerse el fraude electoral, provocó la ilusión de un cambio que no se produciría jamás. La lucha interna entre las facciones del régimen, el hecho de que ésta creciera en intensidad hasta hacerse pública, creó una imagen falsa sobre su naturaleza. La indecisión o la falta de previsión en días anteriores motivó el envalentonamiento de los opositores y el entusiasmo en occidente: ni uno ni otro estaban justificados.

    Primero porque, pese al altísimo número de manifestantes, éstos no dejaban de estar en minoría. El grueso de la población iraní, o permaneció fiel al régimen o al Gobierno, o se aferraba a la seguridad de las instituciones actuales frente a cualquier aventura. La fuerza de los opositores podía llenar los telediarios, twitter o youtube. La imagen cuenta, pero no más que las leyes de la sociología: más a allá de eso, la protesta no llenó las calles, no lanzó al pueblo iraní contra sus dirigentes. Fueron urbanas, pero ni siquiera fueron masivamente urbanas. Lo cierto es que los manifestantes, no podrían haber forzado los cambios que muchos suponían que forzarían.

    El paisaje ilusorio se debió a otro factor. El régimen aún no había hablado, ni había puesto en marcha todo su potencial destructor: si cometió un error, fue dejar que las cosas fuesen demasiado lejos. Pero al final reaccionó, y cuando lo hizo, fue tal y como debiera haberse esperado: rápido, fulminante, brutal. Utilizó todos los mecanismos que un régimen totalitario tiene a su disposición: desde las nuevas tecnologías a las milicias callejeras, desde la policía a los servicios secretos. En cuestión de dos días sepultó cualquier ilusión, y recordó la verdadera naturaleza de la República Islámica de Irán.

    Así las cosas, los más pesimistas, los que advertían a comienzos de junio de que cualquier optimismo estaba fuera de lugar, han ganado la partida a los que afirmaban que algo se movía en el régimen de Teherán: todo resultó ser una historia ilusoria, motivada por factores coyunturales internos al régimen, pero que no lo ponían en peligro en absoluto. Cuando este intuyó que las protestas habían ido más allá de lo permisible, simplemente aplastó la revuelta y devolvió a la República Islámica de Irán a lo que siempre había sido con anterioridad.


    Notas
    [1] F. Kagan, "Political structures of Iran", Iran tracker, http://www.irantracker.com
    [2] R. L. Bardají, "El Espíritu de Jomeini", ABC 12-6-09, http://www.abc.es/20090612/opinion-firmas/espiritu-jomeini-20090612.html
    [3] R. L. Bardají, "Musavi no es Suárez", ABC, 16-06-09, http://www.abc.es/20090619/opinion-firmas/musavi-suarez-20090619.html
    [4] http://www.youtube.com/watch?v=b5KBrsz1oxs&feature=related
    [5] GEES, "Tinieblas sobre Irán", Libertad Digital, 29-06-09
    http://www.libertaddigital.com/opinion/gees/tinieblas-sobre-iran-49851/

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