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    Iran y la bomba: qué esperar, qué hacer

    02.06.08

    Permalink 17:00:22 por Lugh, Categorías: Textos y Documentos, Irán

    Por Rafael L. Bardají, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid; director del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), ex asesor del ministro de Defensa (1996 y 2000), ex subdirector del Real Instituto ElCano de Estudios Internacionales y Estratégicos, así como miembro de numerosas organizaciones internacionales de estudios estratégicos y militares.

    1.- Los ayatolas quieren su bomba

    Para entender la ambición nuclear iraní, incluida la voluntad del régimen para asumir crecientes costes por sus desarrollos atómicos de naturaleza militar, hay que tener en cuenta cuatro factores básicos.

    a) El potente nacionalismo tradicional iraní que lleva a considerar a Irán como una potencia hegemónica en la zona, desde el Levante al Beluchistán;

    b) La naturaleza de la revolución jomeinista, que añade una componente mesiánica para el shiísmo iraní. La república islámica de Irán será el motor de la revolución islámica en el mundo. Primero en el mundo árabe y después allende sus fronteras;

    c) El cisma entre suniís y shiís,. Irán, de mayoría shií considera que ha estado dominado y aplastado por la conspiración zuñí y cree que ha llegado el momento de que se le reconozca su liderazgo en el mundo musulmán;

    d) Las creencias apocalípticas del actual liderazgo iraní.

    Si los actuales ayatolas en Teherán se hicieran con la bomba, tendrían en sus manos un instrumento más que útil para cumplir todos sus sueños y ambiciones terrenales: Primero, Irán pasaría a formar parte de ese club de privilegiados, dueños y poseedores de un arsenal nuclear. Su prurito nacionalista, saldría reforzado; dos, con un componente de disuasión atómica en sus manos, se sentirían más tentados de hacer avances en la expansión, directa o indirecta, de su ideario. Grupos islamitas podrían actuar más agresivamente gracias al paraguas nuclear de Irán; tercero, aunque ya existe una nación musulmana con armamento atómico, Pakistán, la centralidad geográfica de Irán en el Golfo y el mundo árabe, así como su carácter shií, le otorgaría una preeminencia de la que nunca habría disfrutado; por último, la bomba sería el mejor arma para cumplir el sueño de borra a Israel del mapa y sembrar la semilla de una revolución islamista a escala universal.

    Por todo ello, el arma nuclear resulta más que atractiva a los ojos de los dirigentes de Teherán y explica el por qué de su aceptación de sanciones, el creciente precio a pagar por no renunciar a su programa y el riesgo, incluso, de cosas peores. En sus cálculos, todo eso merece la pena si al final pueden enseñar al mundo su bomba.

    2.- Los ayatolas no van a renunciar al armamento atómico

    Para empezar, hay que recordar que el programa nuclear iraní no es algo nuevo, que haya venido de la mano de Mahamud Ahmadinejad. Ni siquiera es de ayer o de antesdeayer. Arranca de los años 70 y aunque pasa por sus altibajos en los primeros momentos de la revolución de Jomeini, se reactivará desde mediados de los 80 y se acelerará desde los primeros 90. No importa quién estuviera al frente del gobierno iraní, ni que fuese visto por nosotros los occidentales como un moderado o un radical.

    Irán ha dado ya sobradas muestras de su empeño y consistencia, a lo largo de muchos años, como para pensar alegremente que su interés en este terreno es menor o coyuntural.

    De hecho, que el programa se haya mantenido opaco y clandestino, con todos los esfuerzos de ocultación que eso conlleva –y no olvidemos que Irán es signataria del TNP, esto es, que está sujeta a las inspecciones de los funcionarios del OIEA- añade aún más consistencias a los esfuerzos iraníes por hacerse con las tecnologías nucleares de uso militar.

    En segundo lugar, la táctica negociadora de los iraníes subraya su deseo de seguir adelante con el programa atómico, cueste lo que cueste. Desde que se descubrió el pastel a mediados de 2002, gracias a las informaciones de los propios disidentes dentro de Irán, la comunidad internacional, bajo la forma de los 3+1 europeos (Londres, Berlín y París más Solana) y las Naciones Unidas, se ha esforzado por ofrecer a los dirigentes iraníes tanto suficientes incentivos como sanciones para convencer a los ayatolas a abandonar sus ambiciones nucleares. Pero ni las zanahorias ni el palo han servido para mucho. Salvo para pasar cuatro años en frustrantes conversaciones. Con una nota de atención, mientras Teherán dilataba sus tiras y aflojas diplomáticos, no ha dejado de trabajar en su programa de enriquecimiento y en la llamada weaponización del material fisible.

    Ahmadinejad no se ha cansado de repetir lo evidente. Teherán no está interesada en un canje. Simplemente su programa nuclear no es negociable. La carta enviada a Ban Ki Moon el pasado 13 de mayo, 2008 por Manoucher Mottaki (ministro de asuntos exteriores de Irán) no es sino más de lo mismo.

    3.- ¿De cuánto tiempo estamos hablando para un Irán nuclear?

    Nadie, salvo los propios iraníes, sabe con certidumbre el exacto grado de desarrollo del programa nuclear, ni cuales han sido sus obstáculos y progresos. Y mucho menos aún, el tiempo que necesitarán para sacar de todos sus esfuerzos la primera bomba atómica.

    La comunidad de inteligencia norteamericana publicó el pasado mes de noviembre su nueva estimación sobre Irán. Contra todo pronóstico fue una bomba ya que juzgaba en ese texto que Irán había suspendido su programa militar a finales de 2003. Para desgracia de la inteligencia americana, sus juicios han sido puestos en entredicho por sus homólogos europeos, rusos e israelíes y están en abierta disonancia con lo hallado hasta el momento por la propia ONU a través de su OIEA de Viena. De hecho, con motivo del reciente viaje de George W. Bush a Israel, se anunció que con toda probabilidad habría un nuevo NIE sobre irán.

    Teherán ha anunciado en sucesivas ocasiones los hitos industriales y científico-técnicos alcanzados. Es más, con todas las limitaciones que supone, los inspectores del OIEA también han sido testigos del incremento de los elementos necesarios para el enriquecimiento de uranio en cadena. Es decir, que aunque no se sabe a ciencia cierta el grado de desarrollo del programa nuclear iraní, sí se puede decir con seguridad que desde comienzos de 2005 Irán comenzó en fase industrial el proceso de conversión del uranio mineral en Hexafluoruro de Uranio y que desde enero de 2006 ha retomado el proceso de enriquecimiento del gas. A principios del verano pasado tuvo lugar la instalación de las primeras serie de centrifugadoras en la planta de Natanz (confirmado in situ por inspectores de la OIEA) y anuncios posteriores han elevado el número de centrifugadoras de dos cadenas de 156 a 15 series, con un total aproximado de 3000 aparatos funcionando simultáneamente. Si Ahmadinejad no miente, hacia finales de este año, las centrifugadoras funcionando en cascada podría ser ya 50 mil.

    Para hacerse una idea, si las centrifugadoras funcionaran a pleno rendimiento, 300 de las mismas podrían producir en un año unos 30 kilos de uranio 235, de uso militar. Cantidad suficiente para unas cuatro bombas atómicas. 3000 centrifugadoras permitirían una cantidad de material fisible para medio centenar de cabezas nucleares en un año.

    Dicho esto, todo parece apuntar a que Irán está teniendo dificultades técnicas para sostener el proceso de enriquecimiento en cascada y que las centrifugadoras están operando con resultados muy por debajo de lo requerido para alcanzar el grado de enriquecimiento de uso militar, lo que significa, para algunos analistas, que Irán sigue estando lejos temporalmente de tener su primera bomba. Las estimaciones varían de entre dos y 10 años, según la fuente.

    En todo caso, Irán sigue ampliando su programa y tal y como se supo el pasado día 27 de septiembre, podría estar utilizando una instalación secreta, subterránea, cerca de Natanz, para los ensayos de weaponizacion del material nuclear. Al igual que una nueva instalación en las afueras de Teherán. La fuente ha sido de nuevo el NCRI, cuyas revelaciones hasta la fecha siempre se han demostrado correctas.

    No en balde, la inteligencia israelí viene advirtiendo de que Irán podría estar mucho más cerca de la bomba de lo que se piensa, tal vez hacia finales del año que viene.

    Es más, se sabe con precisión los desarrollos misilísticos iraníes, así como la ayuda recibida a través de Pakistán para la fabricación de una cabeza de combate capaz de ser encajada y lanzada por un misil balístico. Por lo que el eslabón más débil sigue siendo el material fisible, hacia cuya producción, como hemos dicho, Irán sigue marchando sin obstáculos que se lo impidan.

    4.- Las sanciones no darán sus frutos a tiempo

    Desde el 2003 los europeos intentaron convencer diplomáticamente a los iraníes de que abandonaran el enriquecimiento de uranio, ofreciendo diversas alternativas para que Irán pudiera disfrutar de la energía nuclear de carácter civil. Como Teherán rechazó cualquier punto de entendimiento y según el OIEA no cumplía con sus obligaciones bajo lo estipulado por el régimen de no proliferación, finalmente el dossier se elevó al consejo de seguridad de la ONU.

    Allí se han adoptado cuatro resoluciones. La primera, la 1696, el 31 de julio del 2006, conminando a Teherán a que cesara todas sus actividades de procesamiento y enriquecimiento. La respuesta iraní no fue satisfactoria y el posterior informe del OIEA, a finales de agosto, confirmó que Irán no estaba cumpliendo ninguna de las condiciones impuestas por la ONU, la segunda, la 1737, el 23 de diciembre de 2006, esta vez por unanimidad, por la que se imponían una serie de sanciones limitadas y de carácter económico contra Irán, prohibiendo la asistencia técnica al programa nuclear así como la congelación de bienes de 12 ciudadanos iraníes y 10 organismos relacionados con el programa; la tercera, tras que Irán anunciara su rechazo a las medidas y después de varios meses de discusiones en el CS, la 1747, de 24 de marzo de 2007, por la que, básicamente, se ampliaba la lista de personas y entidades sujetas a sanciones; la cuarta, y tras que Ahmadinejad en la última asamblea de la ONU desafiara al CS, declarando el dossier nuclear “formalmente cerrado”, a la vez que afirmaba que ninguna sanción pondría fin al programa nuclear, el CS volvería a discutir nuevas sanciones contra Irán. Tras meses de tiras y aflojas, el CS adoptaría la 1803, el 3 de marzo de 2008, en un giro más de tuerca para aplicar medidas selectivas que afecten técnicamente al programa nuclear y a sus fuentes de financiación.

    Simultáneamente, y ante la creciente complicación de encontrar un consenso en el seno de la ONU, surgió un movimiento orientado a dificultar las transacciones internacionales de diversas entidades claves para el régimen iraní, así como toda una panoplia de acciones encaminadas a la desinversión por parte de los grandes fondos americanos en compañías que mantuvieran negocios con Irán.

    Ciertamente la economía iraní no va bien y necesita de inversiones para poder mantener y modernizar su principal sector de ingresos, el petróleo. En la medida en que le es más difícil recurrir a capital extranjero, mantener su economía subsidiada resultará más y más complicado. Ahora bien, el actual precio del crudo le supone a Irán unos 60-80 mil millones de dólares de superávit al año, por lo que puede paliar a corto plazo las carencias de capital e inversiones extranjeras.

    Históricamente, además, las sanciones nunca han dado ni el fruto buscado, ni en los tiempos deseados. Con Saddam funcionaron en los 90 porque partía de una derrota militar y porque la vigilancia inicial fue muy alta. Pero la comunidad internacional está muy lejos de alcanzar ese grado de cohesión de cara a Irán.

    5.- Con todo, la bomba iraní es inaceptable

    Las implicaciones regionales y mundiales de un Irán nuclear, particularmente bajo su actual liderazgo, hacen que ese escenario sea del todo inaceptable. Suponiendo, en el mejor de los casos, que los ayatolas sólo quisieran dotarse de una capacidad de disuasión frente a occidente y otros potenciales adversarios, un Irán atómico instigaría a sus vecinos suniís a buscar sistemas que equilibraran de nuevo la balanza estratégica. Y esos sistemas no podrían ser más que nucleares a su vez. Es decir, la bomba iraní alimentaría una proliferación nuclear galopante en la zona, con todos los riesgos de inestabilidad que eso conllevaría. A más actores, mayores los errores posibles.

    Es más, dado que los arsenales no podrían ser muy numerosos, el miedo a perderlos por un primer golpe sorpresa de algún adversario, forzaría una política del dedo en el gatillo, que primase el primer golpe y no la disuasión, por lo que los riesgos de un intercambio nuclear –algo nunca visto en la Historia de la humanidad- se dispararían.

    Pero si Teherán tuviese intenciones más aviesas, el panorama es aún menos alentador. Por ejemplo, podría colocar a sus lacayos en el Líbano, Hizbolá, o en Gaza, Hamas, bajo la protección de su paraguas nuclear, haciendo prácticamente imposible la defensa de Israel frente a estos movimientos y, facilitando así, la islamización de todos los fenómenos en la zona, principalmente el palestino.

    Podría también recurrir al terrorismo con la componente nuclear, pretendiendo quedarse a salvo dada la opacidad de la autoría de un posible atentado de destrucción masiva. O, podría muy bien, buscar acabar con la existencia de Israel, imaginando que el resto de Occidente preferiría no hacer nada ante ese holocausto nuclear antes que arriesgarse a sufrir un castigo similar.

    En fin, las posibilidades de chantaje serían múltiples habida cuenta del subidón psicológico que les supondría a los ayatolas saberse poseedores del sistema más mortífero en manos del hombre. Se creerían intocables y nos verían reducidos al temor y la inacción. Si estuvieran en lo cierto, malo; si se equivocasen, peor, porque estaríamos al borde de la primera guerra nuclear.

    Es mas, aún cuando en Europa quisiéramos creer que todo se podría reducir a un enfrentamiento entre Israel e Irán, si éste tuviese una naturaleza atómica, nadie quedaríamos salvo de las consecuencias. Sería ilusorio pensar otra cosa. Irán no es un tema israelí, es un problema para todos.

    6.- La disuasión mutua no es viable con Irán

    Hay quien tiende a pensar que si los Estados Unidos y la URSS supieron llegar a un mínimo entendimiento y garantizaron la paz gracias a su capacidad de destrucción mutua asegurada, contener y disuadir a los iraníes también sería posible. Se equivocan.

    Para empezar cabe recordar que la MAD fue estable gracias a una sobrecapacidad destructiva (miles y miles de cabezas nucleares), así como a un sofisticado sistema de mando y control. Pero también a compartir un mínimo de cultura estratégica: ni la URSS ni América eran suicidas, ni tampoco potencias que buscaran revolucionar el sistema mundial. Ese no es el caso del Irán jomeinista y mucho menos el Irán de Ahmadinejad, con su culto apocalíptico.

    El mundo musulmán y radical ha dado sobradas pruebas recientemente de no comportarse siempre de acuerdo con pautas racionales o consonantes con nuestra lógica. De haberlo hecho posiblemente los talibán hubieran entregado a Bin Laden en 2001 o Hizbolá no hubiera secuestrado a los soldados israelíes el verano del 2006.

    No hay nada en la doctrina estratégica iraní que conocemos que nos indique que para ellos el arma nuclear es puramente defensiva. Ciertamente, se pueden poner en marcha sistemas de defensa antimisiles, pero saturar las defensas siempre es posible y para Israel, una sola bomba equivale a su fin. Es más, no son necesarios los misiles para asestar un golpe fatídico contra una de nuestras naciones.

    Es en este contexto de creciente incertidumbre e inestabilidad estratégica, que deben entenderse las palabras del senador John McCain, cuando afirmó que “sólo hay una cosa peor que bombardear Irán, un Irán nuclear”. Lo mismo que ha venido a decir la senadora Clinton (mientras que Obama apuntaba a Pakistán).

    7.- Las opciones militares son complicadas pero viables

    Medios para atacar y destruir las instalaciones conocidas, los tienen de sobre los Estados Unidos y, en mucha menor medida, Israel. En los últimos meses se han publicado todo tipo de cálculos y juegos de guerra y esa es una conclusión aplastante.

    Otra cosa, es que se conozcan todos los componentes e infraestructuras del programa nuclear. Habida cuenta de los sonados fracasos anteriores de la inteligencia, este punto no es baladí. Con todo, la destrucción de las cuatro instalaciones básicas del enriquecimiento de uranio y producción de plutonio, retrasaría el programa iraní durante años.

    El verdadero problema de un ataque contra Irán es la gestión política del mismo (no perdamos de vista los ciclos electorales y la situación doméstica de todos los potenciales implicados), así como la necesidad de prepararse para el día después. Si el régimen se sostuviera y se endureciera, podría poner en marcha toda una panoplia de medidas de represalia en el corto plazo (desde ataques terroristas, a cerrar el estrecho de Ormuz temporalmente). Ahora bien, es dudoso que esas medidas se pudieran sostener en el tiempo o, incluso, no resultaran negativas para Teherán, tan necesitado que la gasolina fluya por el Golfo hacia su suelo, como del petróleo hacia el mercado global. Igualmente está por ver que Hizboláh y Hamás siguieran automáticamente a un régimen dañado y que les podría al borde del suicidio.

    Es decir, las temibles consecuencias que a veces se pintan para impedir una intervención militar, si ser mentira, tampoco son del todo ciertas. Todo dependerá de factores situacionales.

    Lo que sí es crítico de verdad es el tiempo, el cuándo, más que el como. Pero eso sí que es una cuestión abierta. Pero debería serlo por un cálculo estratégico y operacional, no porque Olmert sea débil, Bush se vaya y se piense que Ahmadinejad no vaya a ser reelegido en las presidenciales del año que viene.

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