Mitología y Tradición unidas de la mano

La doncella cierva

04.01.10 | por Lugh | Categorías: Leyendas Fantásticas, Cervantes

 

Situado en la parroquia de Vilaspasantes, en el Ayuntamiento de Cervantes, se encuentra el Castillo de Doiras. Y hace mucho, mucho tiempo, moraba un caballero de nombre Froiaz, con dos hijos: Egas y Aldara.

Aldara, joven y hermosa, contaba con la devoción de Aras, hijo de otro señor de un castillo cercano, y como su amor fue correspondido, y llevandose bien las familias, se anunció la boda. 

Una tarde, Aldara desapareció del castillo. Padre y hermano buscaron por todo el castillo pero no se la econtró; al fin un ballestero trajo noticias diciendo que la había visto dirigirse a media mañana hacia el riachuelo cercano. Temiendo una desgracia, padre, hermano, criados y escuderos, recorrieron las orillas del rio sin encontrarla. Entonces mandaron un  mensajero al prometido de Aldara que se presentó desconsolado, acompañado de sus gentes  y, así todos, emprendieron la búsqueda por montes y bosques, chozas y caseríos... después de algunos días de búsquedas infructuosas, consideraron definitiva la pérdida de Aldara, imaginándosela malherida por algún jabalí, algún oso o devorada por los lobos...

Muchos años más tarde Egas, estando de caza en el monte de Galo Monteiro (gallo montés o monte urugallo) , divisó una hermosa cierva blanca. De un disparo único y certero terminó con la vida del animal, pero  no se había percatado de que era imposible llevarla hasta el castillo por su peso excesivo (o, tal vez, porque la nieve dificultaba el transporte), así que le cortó la pata delantera a la cierva (para señalar que el animal le pertenecía, o para poder mostrar un trofeo que diese cuenta de su hazaña).

Y cuando fue a mostrarle a su padre la pata de la cierva, contándole el éxito obtenido, horrorizados, vieron como Egas sacaba de la bolsa una mano; una mano fina, blanca, suave; una mano de doncella hidalga. Y en uno de los dedos de aquella mano relucía un hermoso anillo de oro con una piedras rojay amarillas. Padre e hijo se acordaron de que aquel era el anillo de la malhadada Aldara.

Con ánimo dolorido cabalgaron hacia la cima del monte, hacia el lugar donde Egas había matado a la cierva. Allí encontraron, tendido en el suelo, el cadáver de Aldara, con su vestido blanco y una gran mancha roja justo sobre el corazón del que salía un venablo, y a quien le faltaba una mano.

Por mucho que indagaron padre y hermano, jamás se supo ni quién, ni la razón  por la que Aldara había sido convertida cierva.

El conde y la peregrina

01.01.10 | por Lugh | Categorías: Leyendas Religiosas, Camino Santo

Él era un conde, joven y apuesto, alegre y mujeriego.

Un día se encontró en un camino con una hermosa muchacha. Iba sola y caminaba muy despacio como si estuviera cansada; parecía triste y pensativa.

El conde Munio púsose a su lado e intentó hablarle; pero la doncella, sin duda joven virtuosa, no le contestó ni bien ni mal, pues nada le dijo. El conde no se desanimó por eso y siguió a su lado diciéndole que, pues llevaban el mismo camino, tendría una gran satisfacción en acompañarla, no fuera a suceder que yendo, como iba, sola, pudiera encontrarse algún desalmado que pretendiese ofenderla o hacerle daño; y así, él se encargaría de ampararla y defenderla.

La joven le agradeció entonces tan estimable ayuda, que no le pareció cosa que debiera desechar, y fueron siguiendo juntos el camino.

Poco después el camino real atravesaba un bosque. El lugar solitario, la hermosura de la mujer y los deseos del conde hicieron que éste cometiera con la indefensa joven un hecho vil, y la violencia se consumó.

La pobre doncella gritó en balde pidiendo socorro; nadie oyó sus doloridos lamentos.

El conde Munio reíase de la infeliz y le decía:

—Calla, mujer, que la cosa no es para tanto sollozar. En cuanto llegue a mi castillo, te enviaré uno de mis criados para que te consuele, y aún has de quedarme agradecida.

Y se fue apurando el paso, muy ufano.

Mas, en esto apareció un viejo soldado de largas barbas blancas, que, a juzgar por la concha de venera que llevaba en el frente de su sombrero, así como por las otras que mostraba su esclavina, bien claramente se veía que venía también de vuelta de una peregrinación a Compostela, siguiendo el camino que había recorrido la desdichada joven. El soldado se apoyaba en su larga y fuerte espada como en un cayado; y acercándose a la romera, le preguntó el por qué de sus tristes lamentos y sollozos.

La joven le contó entonces cuál era su desgracia y cómo ésta le había sucedido cuando volvía de Santiago, a donde había ido a fin de orar arrodillada ante la tumba del Apóstol para rogarle protección en su soledad y desamparo, puesto que había perdido a sus padres.

El viejo soldado, con cariñosas palabras, fue calmando su congoja y enjugando sus lágrimas y le dijo que iba a llevarla consigo a presencia del rey para ver de remediar su mal.

Y fueron los dos caminando hasta el palacio real.

—Yo te requiero, buen rey, por el apóstol Santiago, que hagas justicia a esta su romera. El rey mandó llevar ante sí al conde Munio y le dijo:

—Por ley divina teneis la obligación de casaros con esta joven a la que habéis ultrajado.  Por ley humana debeis ser degollado si así no lo cumplís. No hay hidalguías cuando se falta a Dios y a la honra de una doncella.

—Venga, el verdugo —respondió el conde—. Mejor quiero morir mil veces que seguir viviendo en verguenza.

—Sea —dijo el rey. Pero el soldado añadió:

—Buen rey, haceis mala justicia, no juzgasteis bien el hecho, puede que la honra se lave con sangre, pero no se lava el pecado. Primero, el conde ha de casar con la joven y luego debe ser degollado.

Al hablar así, dejó el soldado su espada, se despojó de su vestidura de romero y apareció con el traje de un santo obispo. El conde, arrepentido, se arrodilló a sus pies. Entonces el obispo tomó la mano de la romera y la del conde y allí mismo los declaró casados.

Mas, el conde, pedía la muerte para no verse deshonrado. El obispo lo absolvió de su pecado; aun no bien acabara de pronunciar las últimas palabras, cayó el conde Munio muerto a sus pies, librándose así de ser ajusticiado. Y dicen las crónicas que aquel santo obispo era el mismo Santiago en persona, que había acudido en socorro de su romera.

El castillo de Ferreira de Pantón

31.12.09 | por Lugh | Categorías: Leyendas Históricas, Ferreira de Pantón

Pues bien;  el castillo de Ferreira de Pantón, o de Masid, como ahora se llama, tiene su leyenda.

Los musulmanes, en una de las incursiones en  Galicia, se apoderaron de los castillos de Ferreira, Monforte y otros de toda aquella comarca que no pudieron resistir el empuje de las tropas mahometanas.

En el de Ferreira se instaló uno de los grandes jefes del ejército invasor, y con él una hermosa mujer, esclava de guerra y amada por el general.

En las obligadas ausencias del jefe moro, la joven cristiana quedaba en el castillo guardada por un pequeño destacamento de fieros guerreros, servida por varias mujeres y vigilada por un esclavo etíope, llamado Muni,  y un pavoroso grifo, bestia  feroz que tenía cuerpo de león, con alas, y cabeza, de águila gigante con un grande y recio pico, capaz de arrancar el corazón a cualquiera de un solo picotazo.

Algunos guerreros cristianos que pudieron huir de la mortandad llevada a cabo por los invasores andaban escondidos por los montes, esperando reunirse con los gallegos combatientes, si por acaso éstos consiguieran alguna victoria que les permitiese rechazar a los atacantes y reconquistar las tierras perdidas. También esperaban poder agruparse ellos mismos, constituyendo un cuerpo con fuerza bastante para ir recuperando los castillos de que se lea había despojado.

En una de las ausencias de Al Malik, el señor de la joven condesa doña Sancha, juzgando ésta que no había peligro alguno que le impidiera realizar un pequeño paseo por los alrededores del castillo, pidió la venia al alcaide para realizarlo; y el moro, que tampoco recelaba nada malo, accedió, aun cuando recomendó a la señora que fuese acompañada del etíope y cuatro moros de escolta.

Pero sucedió que al llegar a una encrucijada del camino cerca de Acedre, el caballo que montaba doña Sancha cobró miedo al ser atacado por unos perros y huyó en un galopar desesperado que ni Muni, el etíope, ni los soldados de escolta pudieron contener, ni siquiera seguir, sino a mucha distancia.

Doña Sancha veíase perdida: blanca como la nieve, hacía esfuerzos inútiles para contener aquel loco galopar del animal. Jadeaba sudorosa y se agarraba desesperadamente a la silla para no caer. Hasta que al borde del camino apareció, surgiendo de una mata de cítisos, la figura de un hombre, que, visto y no visto, de un certero tiro de ballesta hirió un muslo del caballo. La flecha, al clavarse en la pierna del corcel, le hizo relinchar de dolor e intentar encabritarse, sin conseguir otra cosa que caer de lado en el suelo. Pero el hombre que lanzara la saeta estaba ya junto al caballo al tiempo de caer y recibió en sus fuertes y ágiles brazos a la joven doña Sancha. La posó delicadamente en el suelo y le ofreció un sorbo de aguardiente para que se repusiera del susto que había pasado y recobrara fuerzas.

Agradeció ella con un ademán y una dulce mirada la gentileza del desconocido.

—¿Quién sois, señora? —preguntó el hombre con interés.

—Soy Sancha de Dóneos, prisionera en el castillo de Ferreira de Pan ton. ¿Y vos?

—Gonzalo de Castriz; y si me lo permitís, intentaré libertaros algún día de la ultrajante esclavitud.

—-Arriesgaréis vuestra vida.

—Nosotros la arriesgamos siempre en nuestras luchas contra los invasores de nuestra tierra.

—-Gracias, Gonzalo; pero ahora huid; oigo ya el galopar de los caballos que me siguen y no tardarán en llegar.

—Bien. Adiós, doñaSancha.

—Adiós y buena suerte, Gonzalo.

Así despidiéronse los dos jóvenes; y, tal como había dicho doña Sancha, los moros de su escolta aparecieron a la vuelta del camino.

Tardaron en verse los dos amigos. No obstante, doña Sancha, en las noches de luna que bañaba con sus reflejos plateados la campiña circundante, sentábase en la terraza de la torre y, pensando en el gentil Gonzalo, dejaba que el etíope le peinase los dorados cabellos que se desbordaban sobre sus hombros, soñando una ventura que deseaba ardientemente que llegara muy pronto.

Al fin se supo que, fracasada la incursión morisca, las tropas mahometanas retrocedían y habían llegado a Monforte, donde se resistían contra los ataques de los cristianos. Fue entonces cuando Gonzalo de Castriz, reuniendo a sus compañeros que andaban disgregados por los montes, resolvieron atacar por sorpresa el castillo de Ferreira, que no tenía posibilidad de recibir refuerzos.

Y una noche rodearon la fortaleza y valiéndose de cuerdas y escaleras asaltaron los muros, de suerte que cuando los moros se dieron cuenta, ya los gallegos hacían en ellos gran mortandad.

 

Gonzalo logró entrar en la torre donde moraba doña Sancha; pero no dio con ella. Muni, el siervo etíope, para mejor guardar a su ama, la obligó a subir a la terraza de la torre, donde el terrible grifo impediría que nadie pudiese acercarse a ella. Pero Muni no contaba con una cosa: con el amor y la osadía de Gonzalo, que subió a la terraza de la torre y, enfrentándose al animal monstruoso, entabló singular combate. Gonzalo llevaba puesta la armadura completa, con casco y visera que le protegían el rostro, de forma que el pico del águila no podía hacerle gran daño ni las garras podían tampoco perforar la coraza, porque, al tropezar con el pulido hierro, los zarpazos causábanle gran dolor al propio león. Y así, con un poco de paciencia y habilidad, el joven guerrero consiguió primero romperle las alas, luego su cabeza de águila, para, por fin, atravesarle el corazón.

Muni, cuando tal vio, despavorido, se tiró de la torre, quedando su cadáver sobre las losas del patio.

Así fue reconquistado el castillo de Ferreira y recobró su libertad doña Sancha de Dóneos, que, después de expulsador de Galicia los mahometanos, se casó con don Gonzalo de Castriz.

Cotolay

30.12.09 | por Lugh | Categorías: Leyendas Religiosas, Santiago de Compostela

Existe en la ciudad de Santiago de Compostela un convento de franciscanos misioneros fundado por el propio Santo de Asís cuando, según la tradición, peregrinó a Santiago para postrarse ante el sepulcro del Apóstol.

 

 

La leyenda cuenta cómo San Francisco moraba en una ermita dedicada a San Payo, que estaba en la falda del monte Pedroso, cerca de una mísera casucha donde vivía un pobre carbonero llamado Cotolay, hombre muy bueno y buen creyente, que compartió su pobreza con el santo fraile menor y de éste recibía enseñanzas y consejos para guiarse mejor en la vida.

Un día, mientras Cotolay cavaba la fosa y colocaba en ella los trozos de grueso y duro palo de tojo para hacer el carbón, San Francisco le dijo:

—Hermano Cotolay: esta noche, cuando oraba en el bosque como de costumbre, pensé en la conveniencia de edificar un convento en la ciudad del Apóstol. Tal vez tú Podrías ayudarme.

—¿Yo, señor? —respondió el carbonero asombrado—. ¿Qué puedo hacer yo, tan pobre como soy?

—He tenido una inspiración divina —continuó el santo— y debo obedecerla. Es necesario que se establezca ahí un convento de mi Orden que propague la fe, el amor y la paz, para que humildemente podamos vivir allí todos los que caminamos por las sendas del mundo.

—Señor —dijo Cotolay—: vos mandadme, que yo os obedeceré.

—Con tu buena voluntad me basta —terminó el buen fraile—; si pudiéramos disponer de la buena voluntad de todos los hombres, la felicidad llenaría el mundo entero.

Ya de acuerdo el santo y el carbonero, anduvieron por la ciudad de Santiago buscando un lugar apropiado para el futuro convento, pues era lo primero que necesitaban. Y hallaron unos terrenos llamados «Val do Inferno» que formaban una planicie de bastante extensión y San Francisco dijo:

—¿No te parece, hermano Cotolay, que éste sería un sitio adecuado para nuestro convento? Creo que debemos convertir el Valle del Infierno en el «Val de Deus» (Valle de Dios).

Averiguaron que aquel lugar pertenecía al monasterio de San Martiño (San Martín). Allá se fueron y, habiendo hablado San Francisco con el abad, éste consintió en cedérselo, comprometiéndose el santo a pagar como foro al monasterio un cesto de peces cada año. Este foro vino pagándose hasta el siglo XVIII. Conseguido el solar para el convento, faltaba lo más importante: dinero para la construcción del edificio.

—Señor —dijo Cotolay—, ¿qué hemos de hacer para obtenerlo?

—Ten fe, hermano, y haz lo que yo te digo: ve a la fuente que está allí cerca, cava a su lado y encontrarás más de lo preciso para establecer el convento. En efecto, muy próxima a la casucha del carbonero, había una fuente natural; junto a ella cavó Cotolay con afán, confiado en las palabras del venerado padre Francisco, y no tardó en hallar un gran tesoro, con lo cual dio cumplimiento a los deseos del santo.

Dios premió la fe y la obra de Cotolay. Fue regidor de esta ciudad y edificó los muros de ella que ahora van junto a San Francisco y antes iban por la Azabachería. Casó noblemente. Su mujer está enterrada en la Quintana y Cotolay falleció santamente el año del Señor de 1238. Siendo enterrado en el propio convento. De ello dan fe un sarcófago y una inscripción alusiva. Esta leyenda figura en una lápida existente en el convento de San Francisco; pero el edificio a que se refiere la leyenda, que se había levantado hacia el año 1213, ya muy deteriorado y arruinado en el siglo XVII, fue derribado y se construyó entonces el actual.

 

Hoy en día San Francisco Hotel Monumento es uno de los edificios históricos (bien de interés cultural) más emblemáticos de Santiago de Compostela, se encuentra a 150 m de la catedral y ofrece la tranquilidad de un convento franciscano con todas las facilidades y servicios de un hotel 4 estrellas.

 

Eldefreda

29.12.09 | por Lugh | Categorías: Leyendas Históricas, Mondoñedo

La reina Eldefreda paseábase por el jardín con sus damas. La reina está triste y pálida y solicita que la dejen sola; después rompe a llorar.

El príncipe Remismario, que desde lejos adivina la tristeza de la reina, aproxímase a ella y le pregunta:

—¿Qué tenéis, señora? ¿Qué os sucede, pues hace tiempo que la tristeza nubla vuestro semblante? Si alguien os enoja, decidlo y presto correré para vengaros. Vos sois como una diosa en el palacio de mi padre y tenéis rayos de sol trenzados en vuestra cabellera. Comunicadme vuestras penas y, a costa de mi vida, si fuere necesario, las remediaré.

—¿Qué tengo, dices, Remismario? —repuso la reina Eldefreda con encantadora y dolorida expresión—. Que la corona real me pesa; quisiera mejor ser una esclava; pues entonces sería libre mi corazón para amar a quien yo quisiera. Siendo esclava sería dichosa, y lloro siendo reina.

—¡Oh, señora, pero...! —exclamó asombrado el joven príncipe. Y se calló; porque no sabía qué más pudiera decir a la esposa de su padre.

—Amo a un hombre con locura —prosiguió Eldefreda—, con una pasión tan profunda, que por un día de amor con él diérale mi vida; pero él no ve en mi mirada el reflejo de estas llamas de amor que me queman el pecho...

—Por Dios, señora, callaos. Que nadie sepa que un hijo puede escuchar de los labios de su madrastra lo que vos me decís: ¡que amáis con locura a otro hombre!

—En amor la pasión puede más que todos los razonamientos. ¿Tú no has amado nunca?

—Yo también, señora; quisiera mejor ser esclavo que hijo del rey.

—Tú no sabes, Remismario —dice con pasión Eldefreda— los tesoros de cariño que se encierran en mi pecho; pero, ya que me ofreces la vida para calmar mis penas ¡dame una hora de amor y yo te daré la vida entera!

—¡Señora —exclamó el joven príncipe horrorizado—, sois la esposa de mi padre!... Huiré lejos de vos, a donde jamás os vea...

Y huye, en efecto, despavorido, el infeliz joven. Dirígese al castillo en donde habita su madre, Gualmira, que, al verle comprende que algo muy grave aconteció para turbar de tal modo el espíritu de su hijo, habitualmente alegre y hablador.

—¿Qué tienes, hijo —le dice—, que te veo sombrío y pensativo? —¡Oh madre mía! Tened compasión de mi. La reina, mi madrastra, está ardiente de amor por mí… y yo estoy loco por ella… tengo que huir lejos, a donde no pueda perseguirme con sus amantes suspiros; con aquella su triste sonrisa, con la pasión que llamea en sus ojos...

—No, no huyas. Guarda en el fondo del pecho tu pasión para cambiarla por otro amor más puro. Entre las doncellas del palacio real las hay lindas como soles y dignas de tu amor. La reina Eldefreda te olvidará en seguida al comprender que sus deseos por ti son pasajeros y malditos.

Tranquilizado su espíritu con las palabras de su madre, Remismario vuelve al palacio de su padre. Se sorprende al ver que las puertas se van cerrando tras él conforme va pasando. No comprende lo que aquello puede significar. Llega hasta la cámara del rey y la encuentra cerrada. No ve a nadie a quien poder preguntar el por qué de todo aquello. Se dirige entonces a su aposento, que halla abierto; pero, al penetrar en él, ciérranse las puertas. Queda todo en tinieblas y, de pronto, se siente derribado sobre el suelo.

El rey envía a Eldefreda la cabeza de su propio hijo para que su esposa vea cómo cumplió el castigo de quien, olvidando que era la reina y esposa de su padre, tuvo la osadía de poner en ella sus ávidos ojos.

Eldefreda contempla la cabeza, sonriendo con feroz alegría y murmurando; —¡Ya estoy vengada! ¡Ay de quien me desprecia!

Al día siguiente una dama enlutada llega al palacio del rey. Va ronca de tanto como lloró, de tanto como ha gemido; de lo mucho que ha sufrido, va enloquecida. Y grita sollozando:

—¿Dónde está la que fue causa de la muerte de mi hijo? ¿Dónde está? iQue quiero arrancarle los ojos con que lo miró! iQue quiero quitarle la lengua que le habló de amor para arrastrarle al crimen!

Eldefreda palidece; muérdese los propios labios con coraje; pero acógese medrosa tras del rey, que, mudo y furioso, contempla a las dos mujeres.

—¿Qué es esto, Gualmira? —dice a su repudiada primera mujer—. ¿Por qué profieres tales gritos? ¿Por qué te diriges de tal modo a tu señora la reina Eldefreda?

—¡Porque esa mujer buscaba las caricias, los amores de nuestro hijo, y como él no ha querido traicionar a su padre, a ti te pidió su cabeza! Temblorosa, estremecida, Eldefreda apártase del rey, sollozante. No podía saber ella que la madre de Remismario conocía su secreto.

—¿No veis, señor, cómo no se atreve a negarlo? ¿No veis cómo se cubre el rostro con las manos y no osa mirarme frente a frente? ;Y vos, ciego y sordo para lo que a tu alrededor acontecía, mandasteis matar a nuestro hijo porque no quiso ofenderos entre los brazos que vuestra esposa, la reina, le ofrecía anhelante de lujurioso deseo!

Cerca de Mondoñedo, en la Sierra Faladora, dícese que todavía se oyen los sollozantes gritos de Eldefreda, que pide con aullidos salvajes:

—¡Matadme! Por compasión, que ya es tiempo de que muera para acabar este tormento que padezco en la cueva donde me han aprisionado; matadme para no ver más la cabeza sangrante que yo amé llena de vida y que aborrecí al ser por ella despreciada, esta cabeza que me atormenta ahora... ¡Matadme, por compasión!

Esos gritos ponen espanto, y por no oírlos, nadie pasa de noche por la Sierra Faladora. Según dicen, Eldefreda, vive y vivirá en esa cueva eternamente porque su crimen es de los que no tienen perdón… ¡por mucho que se pene!